Este no es el primer capitulo.
Es un fragmento arrancado del corazón del conflicto.
Pertenece a "El Concilio de Dos Mundos", una saga de fantasía introspectiva donde el poder palpita desde adentro,y la oscuridad proviene del recuerdo.
La noche había caído con un peso opresivo sobre el campamento. El fuego de las antorchas titilaba sin fuerza, como si incluso las llamas sintieran la creciente oscuridad que impregnaba el aire. Más allá de las tiendas, el silencio era denso, como si la tierra misma aguardara algo terrible.
El capitán se acercó con paso firme, aunque el sudor frío le perlaba la frente. Su armadura estaba manchada de polvo y sangre seca; no de enemigos, sino de cosas que no tenían nombre.
—Mi señora, si me permite —dijo con tono contenido, apenas una grieta en su voz revelaba el temor que se le colaba entre las costillas.
Thalia se volvió hacia él lentamente, la mirada afilada como la hoja de una daga. Sus ojos antes humanos ahora tenían un brillo inestable, una luz que parecía reflejar estrellas muertas.
El capitán tragó saliva, pero mantuvo la compostura.
—Hemos sido testigos de lo que está sucediendo… y aunque los hombres están exhaustos, seguimos a su mando añadió, con la esperanza de que esa declaración aún significara algo para ella.
Por un instante, la expresión de Thalia pareció humana. Un leve asentimiento bastó.
—Bien. Por ahora, que descansen. Marcharemos al amanecer.
El capitán no se movió.
—Señora… —continuó con cautela—. Estamos preocupados. Esto… esto ya no es una expedición militar. Lo que hemos visto ,magia, sombras, cosas que desafían toda lógica—, no está en nuestros juramentos. No fuimos entrenados para esto.
El silencio cayó como una losa.
Thalia se irguió lentamente. La oscuridad pareció arrastrarse detrás de su silueta. En un parpadeo, su espada silbó en el aire y se posó helada contra el cuello del capitán. Tan rápido que los guardias cercanos ni siquiera vieron el movimiento.
—¿Estás cuestionando mi autoridad? —susurró, con una voz baja y vibrante que se colaba en los huesos como veneno.
El capitán cayó de rodillas al instante, bajando la cabeza en señal de sumisión.
—Jamás lo haría, mi señora. Sólo… intento expresar que los hombres…
—¡Silencio! —rugió ella, y la hoja se apretó apenas contra su piel, lo justo para que una gota de sangre rodara—. Que sea la última vez que “transmites tu preocupación”. Recuerda tu lugar, o podría acusarte de traición. Y sabes lo que eso significa.
La amenaza colgó en el aire, más afilada que la espada.
—¿Está claro?
—Sí, mi señora. No volverá a suceder —respondió él con la voz tensa, aún de rodillas.
Thalia retiró el acero con un movimiento seco y volvió a su posición.
—Puedes retirarte.
El capitán se levantó lentamente, sin alzar la vista. Caminó hacia su tienda con la espalda erguida, pero con el alma encorvada por el peso de lo que acababa de presenciar.
Apenas cruzó el lienzo de la tienda, el sargento lo siguió, sus pasos apresurados en la grava.
—Capitán…
—No ahora, sargento —respondió con un susurro áspero, como si temiera que hasta las paredes pudieran escucharlo—. Tenemos cosas más urgentes de las que ocuparnos.
—Señor… ¿qué ha pasado? ¿Qué fue eso?
El capitán giró lentamente hacia él. Por primera vez, su expresión era la de un hombre quebrado por dentro.
—Estamos siguiendo a un espectro, no a una comandante. Esa mujer… ya no es Thalia. Y esta misión... esta misión no tiene sentido. Temo por cada uno de los hombres que aún confían en ella. Hemos visto cosas que ningún soldado debería presenciar. Y no sé cuánto más podremos resistir.
El sargento se mantuvo en silencio, asimilando el miedo en las palabras de su superior.
—El Emperador debe saber lo que ocurre aquí —continuó el capitán, con un tono más firme—. Al alba partirás a la capital. Entregarás este mensaje en mano. No te detengas por nada. Si fracasas… todo estará perdido.
—¿Y el resto de los hombres señor…? —preguntó el sargento, con un nudo en la garganta.
El capitán bajó la mirada. Por un instante, parecía haber envejecido diez años.
—… puede que ya todos estemos condenados. Pero si tú logras llegar, si das la voz de alerta, quizás aún haya esperanza para el Imperio. Que nuestro sacrificio no sea en vano.
Hubo un silencio largo.
El capitán se acercó y posó una mano en el hombro del joven sargento.
—Recuerda esto: no deben notar tu ausencia. Sal en la oscuridad. No mires atrás. Cabalga como un fantasma.
El sargento asintió con determinación.
—Por la gloria del Imperio.
—Por la gloria del Imperio —repitió el capitán, en voz baja.
Y en ese momento, los dos hombres comprendieron que solo uno de ellos tenía la posibilidad de regresar con vida.
Escrito por Mario Fernández
Autor de “El Concilio de Dos Mundos”
Gracias por leer.
Vienen más fragmentos.
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