Ella era como el mar pero también como la basura. Rodaba con el siniestro sentimiento de dejar la existencia con pocas memorias y muchas lágrimas. A veces me miraba, aullando en silencio una plegaria por el hambre, y cuando yo la miraba a los ojos pude ver el amplio océano revolcándose constantemente contra la costa insensata.
En ese tiempo yo no sentía la necesidad de nada ni de nadie, solo existía en un sistema gobernado por la inercia y la lógica seudorracional. Todo vibraba como un árbol sin hojas y yo parecía no existir. Allá en la esquina estaba ella susurrando una disculpa por su existencia silenciosa, por apenas existir.
Ahora ella ya no es triste como la fruta podrida, pero no sé si es feliz. Su pasos son suaves y débiles, irregulares, contenidos por la intención. Su cuerpo esta deshidratado, sus pechos, sus muslos, sus manos, sus ojos aun son la belleza, pero qué es la belleza sin la sensación de felicidad.
"La belleza no es sinónimo de felicidad" eso, recuerdo, me dijo cuando en uno de nuestros encuentros alabé su excelente simetría estética, y ella permanecía frente a mí apenas con una mínima sonrisa de encuentro casual. Yo creyendo que comprendía todo y que mi experiencia era ingente, que creía que lo había visto todo y que todo era claro y sencillo, quise aconsejarla y convencerla, pero ¿era eso en realidad lo que quería? Por supuesto que no. Quería satisfacer mi necesidad de superioridad, mi necesidad de ser útil por haber vivido, mi necesidad de placer. Ella lo supo, lo vi en su sonrisa y en sus hombros y en su cuello; ella no pertenecía aquí, por eso no la entendí en ese momento y le reproché su actitud. Y no quise saber de dónde era, sólo hice lo que todos hacían.
Todos sabían quién era pero nadie la conocía, yo tampoco lo conocí jamás. Deduje solamente que debía provenir del mar, como una sirena, y que estupefacta por la crudeza de una realidad ficticia, había estado deseando volver al lugar en el que sus lágrimas no serían diferentes a las de los demás, porque ya no serían lágrimas sino agua, ya no sería tristeza sino certeza. Debía ser la lejanía de la verdadera existencia lo que ataba su mirada al vacío lejano.
Ella era del mar y para sentirse en tranquilidad se construía un océano en el que pudiese existir, un masa de agua inmensa creada por la caída permanente de sus lágrimas saladas.