Siempre me ha gustado la playa, desde que tengo memoria ha sido uno de mis mayores placeres, para mí decir vacaciones es sinónimo de ir a la playa, de lo contrario serían vacaciones perdidas... Pero ahora la disfruto distinta.
Tal vez sea la edad, pero ahora ir a la playa es más un acto reflexivo, sentir la arena bajo mis pies es casi un drenaje de emociones, con mis ojos abiertos contemplo la inmensidad del mar, pero prefiero cerrarlos para sentir que soy parte de esta magnífica escena, es que así, con los ojos cerrados, siento que no interrumpo el paso de la brisa sino que por el contrario la bruma fluye a través de mi.
Mientras fui niña, no podía haber diversión sin estar dentro del agua, el mar y yo éramos uno, no hace falta decir que incluso comer no era necesario, cualquier juego debía ser dentro del agua para que fuese divertido.
Cuando me hice jovencita ir a la playa debía ser para obtener un hermoso bronceado, ya no era necesario estar como un pez, todo el tiempo dentro del agua, ahora los juegos podían ser en la arena.
Después de casada, ir a la playa se convirtió en un acto liberador de estrés, para dejar en el mar todo lo que nos causaba cierta preocupación y retomar nuestras actividades cotidianas con calma y energía. Ya no es necesario estar como una palmera bajo el sol, podemos disfrutar de una agradable plática a la sombra.
En este momento de nuestras vidas, gran parte del disfrute es ver a nuestros pequeños hijos experimentar sus primeros pasos en la playa, ellos están conociendo esta maravilla de la naturaleza y lo están descubriendo frente a nuestros ojos. Es absolutamente maravilloso!