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Mi desesperación comenzó a ser evidente. Temiendo lo peor y con la agonía en la voz de quien espera confirmar una tragedia, pregunté:
-¿Y cómo está mi hermano?-.
-Cálmate- me respondió Junior- Tu hermano está bien. Le dió tiempo de llamar al vecino para pedirle que lo ayudara a apagar las llamas pero el agua de la tubería llegaba con muy poca fuerza y el fuego les ganó ventaja. No pudieron salvar nada-.
Pocas veces en mi vida he respirado tan hondo como en ese momento. Sentí que la presión en mi cabeza comenzaba a distenderse. Poco a poco regresé a la realidad y, en consecuencia, a reconocer lo que estaba sucediendo.
Carayaca es la parroquia más grande de todo el estado La Guaira. En ella converge la producción agrícola más significativa de la región; pero las condiciones rurales y el difícil acceso a los asentamientos campesinos desperdigados obligan a emplear los recursos locales para construir.
Por eso, es normal que buena parte de las casas sean de bahareque.
Fotografía de Duc Nguyen/ Cortesía de Pexels
Mi hermano y yo vivíamos juntos desde un año antes. El había llegado huyendo del hambre que se pasaba en Cantaura -donde estaban mis padres- por la espantosa crisis económica que se vivía en todo el país. El día que lo recibí me costó una barbaridad aguantarme las ganas de llorar.
El traía los ojos amarillos por la hepatitis y estaba flaco como un gancho de colgar ropa. De haber pasado más tiempo en Cantaura aquel año... no sé. Tal vez la historia hubiese sido otra. A causa de la hepatitis el médico que lo atendió en la consulta antes de viajar le dijo que debía comer mucho dulce, preferiblemente frutas: tamarindo y cambur.
Y como por acto de la providencia, Carayaca es el paraíso de los cambures. Ni cuenta nos dimos cuando relevaron los síntomas y ya estaba bien repuesto. Una dieta rica en verduras y granos y casi cinco kilos de cambur bien maduro al día lo pusieron como una bestia: resistente y fornido.
Habíamos hecho una casa con techo de acerolit y paredes de bahareque; muy fresca y cómoda. Pero nunca pensamos que esa "comodidad" se nos volvería cenizas.
No teníamos electricidad; pues al ser una zona agrícola de difícil acceso, el suministro eléctrico era un lujo: había que gastar mucho dinero en alambre de aluminio para hacer una conexión rudimentaria que atravesara el bosque de la montaña desde nuestra casa hasta la linea de transmisión mas cercana (aproximadamente 2 km de distancia) y la verdad, para nosotros era imposible. Obviamente sí habían casas con electricidad, pero con un sacrificio significativo de sus habitantes.
Esa era nuestra realidad.
La noche del incendio acordé quedarme en la casa de Junior (a quince minutos caminando de donde vivíamos; un poco más cerca de la entrada del asentamiento) porque justamente Cheo y María, sus padres, saldrían al amanecer y yo aprovecharía para irme con ellos y no andar solo por la oscuridad de la madrugada.
Un autobús que cubría la ruta desde los caseríos hacia Carayaca, salía dos veces a la semana (casi siempre una sola vez) desde la entrada del asentamiento, a casi una hora caminando desde donde vivíamos. Y justamente ese autobús era el que yo tomaría esa madrugada para salir al pueblo.
Traté de pensar.
-Solo necesito unos minutos- les dije después del shock-
Sin mediar palabras, salí corriendo. A medida que me alejaba cerro abajo me imaginaba como habría sido para mi hermano observar impotente la destrucción de la misma casa que me ayudó a levantar. Pocos minutos después me hallaba golpeando la reja de nuestro vecino, Victor, donde había pasado la noche mi hermano, Abraham.
Víctor no consiguió palabras; supongo por la pena, y hasta cierto punto, lástima. Aún era de madrugada y seguía oscuro. Recuerdo que le pedí prestada una linterna y seguí caminando, absorto, hacia mi casa. Mi hermano me acompañaba en medio de un profundo silencio cargado por la culpa de no haber podido evitar lo que pasó.
En mi interior forcejeaba con la idea de que todo aquello no era más que una pesadilla y que al despertar, todo acabaría. Me levantaría, prepararía café sobre el fogón, y mi casa seguiría en pie, intacta.
Pero fuera de mi cabeza, lejos de ese forcejeo, en la realidad la noche era fría, la brisa soplaba con tranquilidad y los grillos junto al camino chirriaban inmersos, como cada noche, en el vaiven de su acostumbrada velada, completamente ajenos de que hacían la obertura precediendo a la luz de un amanecer que dejaría al descubierto los escombros de aquella noche voraz.
Dejamos la calle de tierra para tomar el sendero por el cual pasabamos todos los días: durante las primeras horas de la mañana para ir a la faena y después de una pesada jornada bajo el sol de la montaña, donde nos sentábamos frente a la casa a calmar el calor sofocante de mediodía antes de bañarnos.
Solo que esta vez yo tomaba ese mismo sendero para comprobar que nuestro lugar de paz había ardido hasta los cimientos.
Fotografía de Vladimir Shipits. Cortesía de Pexels
Apunté con la luz de la linterna rasgando la oscuridad como si en ese momento un velo macabro cubriese la evidencia de mi desesperación. Comprendí que el desastre había sucedido muy rápido. Me sorprendió sobremanera ver que las paredes de barro seco se habían cocido hasta volverse rojas y durísimas como ladrillo.
Entonces entendí la magnitud de la tragedia: mientras las llamas lo devoraban todo, la casa se transformaba en un horno.
Me detuve de frente a la casa: cara con cara. El techo había caído hacia adentro al colapsar los travesaños de madera que los mantenían sobre la estructura. Percibí un aroma flotante a carbón y plástico quemado. Mientras avanzaba hacia el interior no distinguí nada entero entre los escombros aparte del jergón de la cama donde horas antes había una colchoneta. Ahora se había estirado tanto por el efecto del calor que parecía un chinchorro surrealista tejido de alambre.
Pensé en algunas de tantas cosas que se habían perdido: ropa, zapatos, libros, una biblia de estudio de edición limitada que pertenecía a mi papá, corotos, sábanas, las notas certificadas de mis años en el liceo, el unico título firmado que demostraba que yo era bachiller...
Sentí que perdía las fuerzas en mis piernas. Me agaché para no perder el equilibrio y me agarré la cabeza con ambas manos al tiempo en que imaginaba que todo aquello pudo haber sido peor.
Lo único que me importaba en ese momento era que mi hermano estaba ileso y vivo. Me obligué a levantarme y caí en la cuenta de que todo ese rato el estuvo a mi lado mientras yo me perdía en la contemplación de lo inaudito. Lo miré, lo abracé y le dije:
-Una casa se puede construir varias veces en la vida...- suspiré profundamente sin soltarlo y continué- ...pero un hermano solo se tiene una vez.
El me correspondió el abrazo sin decir nada. Volví a contemplar las ruinas de nuestro esfuerzo y musité en un susurro aquellas palabras del fiel Job:
"Jehová dió, Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito".
Aún era de madrugada y seguía oscuro. Con la linterna encendida daba los últimos vistazos... Se me antojó pensar cómo reaccionaría mi mamá al enterarse cuando hablara con ella por teléfono.
Entonces Abraham empezó a contarme qué fue exactamente lo que pasó.
Continúa en el próximo capítulo...
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