De lobo y hombre
“Se escuchó el aullido nostálgico romper el silencio. Un alma quebrada en mil pedazos propagada por el desierto, llamado a las fieras, preservación de un mundo de coraje donde no tiene lugar la pavura, ni el cobarde resentimiento...”
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Tórridas nubes blancas se alzaron al oeste. Nublos, impulsados por el viento pasando de naranja a índigo, luego, lentamente, al color gris. Discurriendo en el collage. Magenta, escarlata. Indescifrables tonos de equinoccio que solo incumben al crepúsculo y a su extraña razón de ser.
Íntimo e inigualable. El fulgurante espectáculo ocupó su lugar con arrebato. Señales caídas del cielo, implacables, indicaban que había llegado mi tiempo.
Entretanto. Era yo. Solo un hombre común mirando el firmamento. Tratando de alejarse de sí mismo. Alguien, que conociendo bien su comportamiento solitario, inmerso en el ocaso, no supo qué hacer, ni a dónde ir. Porque sentía miedo.
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Siempre fui un cobarde. Lo confieso. Con el pecho flaco, lleno de vacío, acumulando un nudo de nostalgias que luchan por salir. El inquebrantable quejido cobijo de un llanto nocturno, ese mismo llanto, redentor, que poco a poco me consume y que nunca he logrado combatir.
Evoque de una corta memoria. Como un sueño de pesadillas. Que luego, al despertar, ya no tiene caso recordarle porque, sencillamente, se ha ido.
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Y las sombras se vistieron de espesura. Bronce. Junto al finísimo sereno. Largos caminos de hojas secas caídas durante el ciclo de invierno. Rondas que murmuran el silencio, y se cuelan con la brisa gélida, haciendo que las criaturas desaparezcan a mi paso con un temblor natural ante el inminente acecho.
Así, escapé de lo material. Con la mente en blanco y alejado del insignificante apego. Pudo más en mí, el yerro. Un nómada sin rumbo con ese efecto cirroso congelándome los huesos.
Estuve parado en el infinito desierto aflujo de un olvidado mundo de hielo. No supe cómo llegué aquí. Ni me preocupa. Solo me dejé llevar por el simple deseo.
Con las piernas rígidas. Los tendones acuñados y una molesta forma de locura apoderada de mi pensamiento. Orientado nada más por los sentidos, tan indescriptiblemente nítidos, que me hicieron vagabundo en el ártico en busca de un acuerdo.
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Por un momento me sentí confuso. Con el mandato de la ausencia obligándome a huir, dejando el alma y quedando como un saco vacío, sin punto de vista, ni opinión.
Advertí del ambiente trastocado con matices nuevos. Gozaba de un diseño, cual alucinación. Como salido de una mente sin reparo que a todo le teme. Un concepto surreal, totalmente distinto.
Tal vez, era justo lo que me hacía falta, para colmo de mi vida aburrida y llena de inferiores complejos.
Guiado por el raudal de aguas turbulentas que atravesaba el horizonte a extremos, dinámico, como incesante masa hídrica que no demoró en densificar, el despiadado invierno.
Al principio, anduve despacio. Tomando territorio. Colmado por espasmos de ansiedad que me recorrían el dorso. Mi corazón latía descontrolado. Fuera de mis cabales, a olfato, seguí los rastros de una jauría.
Cada vez eran más escasos los rayos de sol y mi vista, se ajustó en monocromo. Con la nieve y la noche formando el espiral del ying-yang a mi entorno, el mundo en blanco y negro, ahora fue, ligeramente atractivo ante mis ojos, pero a la vez, tenebroso.
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Mayor se hizo la migra. Oí, los retirados sonidos del cielo caer como la voz del trueno. Árboles cubiertos por copos de melancolía me abrigaron. Y la naturaleza instó a dormir al súbdito convirtiéndose en una especie de renacer bajo el dominio instintivo.
“Instinto, que borró el recuerdo de las praderas de canto. Los cipreses aceitunados. Acabó con la seguridad que me ofrecía la luz del día, ardid de un hogar cálido, donde yo, permanecía por horas asomado en el balcón, ensimismado, auto gestionándome, mirando la lejanía y dejando que el tiempo pase...”
Me envió directo a la ciénaga. Cambió mi tranquilidad por el oscuro paisaje donde moría una cuenca, turbia, circunvalando el estrecho lodazal.
La corriente del río arrastraba los troncos de los árboles partiéndoles en dos, luego depositados en pilas de escombros, semi descubiertos, entre la nieve, parecían tan enormes como túneles, pasadizos, clausurados por la destemplanza.
Ubicados a ambos lados del marjal, me sirvieron como puente, invitándome a rondar en ellos y a trepar. A clavar pies y manos en la cortezuela. Como garras imantadas que mondan el anzuelo. Marcando así, mi alfa... la resurgida fuerza sobrenatural que sin dar tregua me controlaba.
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Sin notar. Hube escalado alturas increíbles entre aquellos árboles, con tal habilidad, la cual desconocía. Algo que no supe cómo explicar ante la pobre lucidez que me embargaba y que adueñada por completo del antiguo cobarde que habitaba en mí, ahora, me brindó un poco de terquedad.
Sabía. Que en mí. Algo marchaba terriblemente mal. Pero todo ese mal, por primera vez, me sentaba bien. Me hacía poderoso entre los fuertes, indomable y salvaje, criatura del bosque nórdico.
Trajo el síntoma del delirio. Un ligero descarrío mental tranquilizador. Propiciando, las ganas de irrumpir el silencio a gritos. En desahogo. Salió de mí, a pulmón, un irresistible llamado tribal. Un rugido en desafío a la distancia que volvía como eco, manifiesto de cólera interior en un magnánimo duelo.
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Kilómetros insondables se prolongaban en frente. Parecían dunas blancas en el mustio desierto. Profuso paisaje, congelado, con planicies de agua nieve, las cuales, a saltos, atravesé, proclive al enfrentamiento.
Sentí el cambio. No me reconocía, ni a mí.
Con cierto éxtasis, lo tomé, como alegoría. Un niño malcriado buscando líos con afán de iniciar su primera pelea. Después de todo, para un inofensivo cobarde, como era mi caso, aquello representaba adrenalina pura corriendo por mis venas.
En aras de la transformación, sumido en fiebre súbita. Con mi mente a punto de estallar ya no razonaba idea. Como un perfecto salvaje, continué en saña, desorientado, sin preguntarme, tan siquiera, por qué me sentía así.
Entre aquella penumbra de un tapiz cáustico. Vibrante. Con ramales electrificados, anuncio de tormenta, los cuales me propiciaban la mínima visibilidad. Oculto por tempestades divisé el objetivo garante de mi cólera.
Una prenda capaz de aplacar el furor y doblegar al crío, hacerle rendir ante su lloro y ponerle fin a la absurda contienda.
***
Negras borrascas caídas en cizaña vertical quemaron por completo mis fauces induciéndome en la locura. Mi pecho inflado como un globo de aire a punto de volcar el aúllo.
Corro. Cuenta el corto tiempo para que se derrame el cielo. Me hundo a pecho en esquivo del alud. Apresuro el paso. Tragado por la nieve. Pilotado por el tacto y la auscultación.
Sé que delante de mí está un risco, prominente elevación, cuya cima será mi dominio.
A garro, entre surcos de un empedrado, trazando el ángulo sesgado de una escalada, subí como gárgola. Con el agite del viento a mi espalda y la tormenta glacial amenazándome. Mi cuerpo parecía una masa informe plegada a la montaña, era la bestia, la final deposición de mis enfermizas arcadas.
Un cuerpo transmutado. Oblongo, el cráneo. Como alambre a contrapelo crecido detrás del cuello. Estaba a punto de tocar cumbre, cuando mis codos se torcieron, partidos como zancos… y mi cara acanalada… de lija la piel.
Ya no era el hombre aquel, el cobarde, que huía de su propia sombra.
Y mi mente en el mayor desacuerdo existencial. Desacuerdo con lo humano...
Y el hombre solitario, instigando al fiero... Dejando de lado su cuerpo.
Y el hombre cobarde, ahora, licántropo. Atendió el llamado del fatídico invierno.
Donde el cielo es mi maldición. Mi propensión al aullido lagrimo que me hace ir detrás del cordero en un reino salvaje de profundo caos.
***
Así, el hombre. No fue más...
“Aquél, que miró la tarde y caminó en el ocre desierto. Bajo ese mismo cielo, que al principio fue tecnicolor, convergiendo luego, en el ocaso lúgubre del invierno. Alguien, que conociendo bien su comportamiento solitario, trató de alejarse de su centro y esconder la cobardía. Recibió una lección de la naturaleza en renuncia al conformismo, que por tantos años, le ató a lo terrenal impidiéndole ver su arrojo, su real sino.”
Erguido. Como ancla en la piedra cumbre. Cual eminencia. Mirando fijamente al cielo. Con el pelaje pardo y las orejas apuntadas como cuernos.
Entre aquellos nublos, barridos por la tormenta. Lentamente, se filtró el boato brillo de la luna llena. Irresistible luna de plata. Límpida como su propia alma.
De lobo y hombre...
FIN
Venezuela
2022