—Mi vida ha sido como una telaraña. A ella todo se adhiere y, cuando tratas de limpiarla con un plumero, es difícil quitarla de allí también. Él no importa, lo que sí fue lo que trajo consigo, un sentimiento extraño para mí, llamado amor. Mi telaraña, como bien hecha está, lo atrapó sin contemplaciones.
»Pero resulta que por encima de una telaraña está la arañita que lo teje todo. Me obligué a construir un horizonte amplio para mi futuro, porque estaba frente a un abismo que acortaba más el camino y casi me podía ver cayendo y, después de todo, pertenezco a esa generación de mujeres que “lo tendrían más fácil”. Me alejé completamente del abismo con la habilidad de mis patas hacedoras, pero entré de lleno en un tornado en el que debía pisar fuerte para construir mi futuro.
»Cuando llegué a la abrupta adultez, ese futuro ya era presente; se suponía que lo tendría más fácil, ¿no es cierto? ¡Ah, claro! Lo más fácil sería despistarse de que igualmente seguía siendo una mujer bajo un patrón, un estricto estereotipo de una fémina empoderada y que no se deja de nadie ni nada.
»He vivido mi vida jugando a ser quien no soy y ahora mi verdadero ser no es más que un espejismo. El amor impregnó toda la telaraña y dejó a esta araña hipnotizada, pero así de rápido como llegó, se fue. De nuevo, tuve que atenerme al papel que aprendí a desempeñar.
»¡Odio la manera en la que todo tiene que ver con el amor! Este no sirve para más, sino para cegar a todo aquel quien toca y no exceptuar a nadie de sus males. Me enredé y volví nuevamente frente al abismo…
»No soy más que una araña con sus patas dormidas y su telaraña arruinada. Ya no puedo ni oler el aroma que desprende esta planta a la que dirijo mis lamentaciones. Mis sentidos están dormidos y los pensamientos se avivaron. Pero, aún después de todo, agradezco lo que el amor hizo por mí: hizo de mi telaraña algo real.
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