Aitana
Aitana había llegado al salón de clases mirándolo todo. Sonreía y trataba de soltarse de la mano de Lulú, su madre, quien la aguantaba para que no saliera corriendo. Los presentes miraron a Aitana como si fuera un bicho raro, pero Aitana sonreía mirando de un lado a otro.
Lulú estaba acostumbrada a esas miradas indiscretas y a comentarios hirientes de la gente, por lo que hizo caso omiso y se sentó en uno de los pupitres vacíos cerca de otros representantes. La niña trataba de zafarse de su madre, mordiéndola y quitándole con fuerza su mano de la suya, pero la madre la inmovilizó diciéndole algo al oído. La niña la miró, se sonrió y le dio un besito en la cara. Luego se quedó tranquila.
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Cuando a Lulú le dijeron que su hija tendría Síndrome de Down, sintió miedo. No rabia, ni tristeza: miedo. Un miedo que la hizo llorar por muchas noches. El padre de Aitana también sintió miedo y huyó sin despedirse. Entonces la mujer entendió que aquella niña, aunque hecha por dos, tendría que cuidarla sola, por lo que dobló su fuerza, su coraje, su gallardía y se convirtió en su ángel guardián de noche y de día.
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Al frente del salón, cada mujer hablaba de lo que hacía: una era abogada, otra era doctora, otra chef de cocina. Las madres, frente a los hijos fastidiados, contaban a los presentes qué cosa les había cambiado la vida. Cuando le tocó a Lulú, ella dijo tranquila: "Lo mejor que me ha pasado es ser la madre de esa niña. Para bien, Aitana me ha cambiado la vida". Dijo y la niña vio a todos los presentes con dulzura enorme y una hermosa sonrisa.
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Lulú estaba acostumbrada a esas miradas indiscretas y a comentarios hirientes de la gente, por lo que hizo caso omiso y se sentó en uno de los pupitres vacíos cerca de otros representantes. La niña trataba de zafarse de su madre, mordiéndola y quitándole con fuerza su mano de la suya, pero la madre la inmovilizó diciéndole algo al oído. La niña la miró, se sonrió y le dio un besito en la cara. Luego se quedó tranquila.
Cuando a Lulú le dijeron que su hija tendría Síndrome de Down, sintió miedo. No rabia, ni tristeza: miedo. Un miedo que la hizo llorar por muchas noches. El padre de Aitana también sintió miedo y huyó sin despedirse. Entonces la mujer entendió que aquella niña, aunque hecha por dos, tendría que cuidarla sola, por lo que dobló su fuerza, su coraje, su gallardía y se convirtió en su ángel guardián de noche y de día.
Al frente del salón, cada mujer hablaba de lo que hacía: una era abogada, otra era doctora, otra chef de cocina. Las madres, frente a los hijos fastidiados, contaban a los presentes qué cosa les había cambiado la vida. Cuando le tocó a Lulú, ella dijo tranquila: "Lo mejor que me ha pasado es ser la madre de esa niña. Para bien, Aitana me ha cambiado la vida". Dijo y la niña vio a todos los presentes con dulzura enorme y una hermosa sonrisa.
