El invierno del trovador
Se incomoda, pero escribe en el recuadro: 69. Después de poner aquella cifra quiere escribir que a pesar de tener casi 70 se siente como uno de 20, que no le tiene miedo al trabajo ni a los desafíos, que tiene experiencias acumuladas y destrezas desarrolladas, que la edad es solo un dígito, un número que no dice nada. Pero inmediatamente se enfrenta a otra pregunta que lo deja pensativo y cabizbajo: ¿Cuáles son sus metas a futuro?
El hombre mueve el lápiz nervioso y piensa que todo lo que escriba puede sonar cursi. Le gustaría decir que sus metas serían despertar frente al mar y escuchar el rumor de las olas, mantenerse abrazado a la cintura de la mujer que ama, poder llevar el alimento de cada día a su boca, pero hay una sola línea y en ella casi no se puede escribir nada. Así que responde con la fórmula acostumbrada: trabajar, tener éxito, notoriedad, prestigio y fama.
Con la hoja casi llena, se levanta y se acerca a la chica quien mantiene su actitud de indiferencia. El anciano entrega la hoja con reserva: siente que la vida es una gran lucha. Sale de la oficina pensando que tal vez, en alguna parte del planeta, la experiencia y la madurez sean bien vistas, pero él sabe que no: nunca nadie prefirió el invierno a la primavera, nunca nadie vio la hermosura de las hojas secas