El olvido del lugar ancestral
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Vine a despedirme, madre, dijo la joven indígena mientras se sentaba a su lado. Sabes que quiero que me acompañes, que vivas conmigo, continuó mientras le tomaba las manos. No quiero dejarte sola en este pueblo desolado. Aquí ya no queda nadie que pueda interesarte, por eso no entiendo tu negativa a abandonarlo.
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La anciana miraba a la joven con detenimiento y había cierto aire de tristeza en sus ojos. Silenciosamente dejó de lado el tarro con los granos y ahora fue ella la que tomó las manos de su hija como cuando era una niña. La chica las acarició y las apretó bien fuerte, recordando lo valiente que se sentía simplemente cuando su madre así la sostenía.
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Aquí está tu papá muerto, también están enterrados los míos. Y aunque poquitos, también allí están enterrados los amigos, dijo la anciana bajito. Así que no digas que no hay nadie que se quede conmigo. En cambio ellos, si me voy contigo, ni una florecita tendrán cualquier domingo. Porque es fácil amar al que está vivo, pero al muerto, cuando uno muere, a veces ni lo recuerdan sus hijos.