El silencio de la luna
Se sentó, cual equilibrista, en una de las barandas y como si pudiera oírla, empezó a hablarle a la luna con la cabeza levantada. Allí, en silencio, la luna la escuchaba, quién mejor que ella para saber lo que sufría aquella muchacha. Ella que siempre había sido su confidente, su cómplice diaria, sabía el tamaño del dolor que en aquel momento la embargaba.
La luna contó una a una las más tristes lágrimas y aunque debía irse, se quedó para acompañarla. "Amanece, debo irme", quiso decirle la luna a la muchacha, pero aunque gritaba no le salieron ni una de las tantas palabras. Ahora la chica tenía la cara gacha y la luna supo entonces que la decisión estaba tomada.
"No, no lo hagas", gritó la luna de manera desesperada, pero la chica estaba tan triste que no escuchó nada y cerró los ojos, como si estuviera cansada, y cayó al vacío, sintiendo que volaba. Cuando llegaron los que averiguaban, preguntaron si había testigo, por qué lo había hecho, dijeron con cara enlutada. Y la única testigo estaba allí, la luna, pero nuevamente quedó callada.