Ellas detenían la lluvia
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Abuela había conocido a un hombre que luego de dejarle tres hijas, la abandonó. A pesar de las advertencias, mi madre también se enamoró. De esa relación le quedó un profundo dolor y yo. Mis tías, sin querer pasar por la misma situación, se refugiaron en casa y se dedicaron a entregarme a mí todo el amor.
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Bajo sus miradas atentas y maternas, crecí. Con cuidado veían y aprobaron cada paso que di. Con mucha atención, yo observaba cómo hacían, cada día, magia para mí. Desde cantar canciones que me hacían dormir, hacer brebajes con matas del jardín, hasta hacer animalitos con la nubes para verme sonreír.
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Pero el más grande acto de magia que yo viví fue verlas detener la lluvia para no verme sufrir. Como aquella vez que iba a una fiesta y la lluvia no tenía fin. Abuela y tías tomaron cucharas y tenedores y los llevaron al jardín. Allí los pusieron en cruz y en un cerrar y abrir, la lluvia amainó y yo pude salir. Desde ese día comprendí, que aquellas mujeres harían magia, si fuera preciso, para que yo tuviera un claro porvenir.