Hombre menguado
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Como un animal enjaulado, era tratado y como tal se comportaba: dejó de hablar y solo lo hacía cuando se lo pedían; dejó de pensar, de trabajar, de tener memoria. Humillado, con la cara gacha y posición servil, aceptaba los alimentos sin chistar y el maltrato de aquel que le daba comida: un perro hambriento habría sido más temerario con la bota del amo.
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Quieto, el hombre observa el bostezo del celador, las cuatro paredes descoloridas, los barrotes oxidados, la ventana distante y cerrada. En la penumbra acostrumbrada, el hombre ha aprendido a estar agazapado temeroso de los instantes inciertos que se viven afuera. Él sabe que el tirano lleva resto de pólvora en sus manos, que ha sembrado la tragedia y que piensa que así, en cuclillas, encogido, el hombre jamás será una amenaza para nadie.
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Encorvado, desde un rincón, el hombre mira la puerta de la celda abierta. Desde un tiempo para acá, ha sido abierta. Pero el hombre teme. El hombre duda porque ha perdido su lengua, le han arrancado sus alas, olvidó cuál era el camino. Así que permanece quieto: aquella reclusión es su nido y el miedo su grillete. Para él la palabra LIBERTAD ha caído en desuso.