La eternidad de algunas lluvias
A pesar de la hora temprana, el cielo estaba oscuro. Los trazos de luz se disolvieron por entero y los destellos de los rayos fueron lucecitas, pequeñitas, en las miradas. A los niños los metieron en un cuarto y los adultos afuera trataron de pelear con la lluvia que azotaba las paredes y los techos. La luz de la vela reveló negruzcos presagios cuando se apagó ante una brisa fortísima como inflamada por odio contra todos.
En la oscuridad, los niños se abrazaron indefensos, sin mucha conciencia de lo que estuviera pasando. Los gritos, el llanto, el llamado de auxilio en mitad de la lluvia. Encerrados, los niños lloraban ante la inminente caída del techo. Ella sintió que algo la arrastraba, la despegaba de los otros niños y descubrió en ese instante el poder que tiene el agua. Sus manos extendidas se aferraron entonces a algo fuerte, sólido y en mitad de la oscuridad cerró los ojos. Sabía rezar y así lo hizo, pero ese día Dios estaba sordo.
Cuando la rescataron, supo que se habían salvado pocos. Desde ese día su mundo onírico cambió para darle espacio a aquel suceso. Movimientos epilécticos la sacuden cada tanto cuando recuerda haber visto los cuerpos flotar sobre el río, mientras sus lágrimas caen en cascadas como si fuera una lluvia permanente del cielo.