La joven que tejía destinos
Cada noche, como si la vida fuera un juego, la joven se divertía tejiendo vidas. Desde su ventana miraba la gente pasar y con verdadero interés comenzaba su faena: a aquella le voy a hacer una vida larga, a aquella corta, aquella le haré una familia, a la otra la dejaré sola. Decía e iba tejiendo con puntada precisa lo que ella pensaba que cada uno se merecía.
Una tarde, miró a una joven sonreír en el reflejo de la ventana e inmediatamente empezó a tejerle una vida: debe dejar de reír y empezar a sufrir por la falta de algo importante. Y con manos diestras y mágicas comenzó a tejer apresuradamente una vida angustiante. Ella debe sentir, cada mañana, que le falta fuerza para levantarse, decía la joven tejedora con malicia infame.
Se esmeró tanto en hacer aquella vida, que olvidó hacer otras. Desde temprano se levantaba pensando cómo hacer más tristes los ojos y más fría aquella boca. Cada trazo, cada hilo, servía para crear muchas sombras y en la tela que tejía ya no había colores, solo una oscuridad tortuosa.
Cuando la tejedora alzó la cabeza y quiso ver el reflejo de la muchacha, se dio cuenta que era el suyo: ella misma se había tejido un destino triste y oscuro. Quiso empezar a tejer para cambiar lo tejido, pero para desgracia de ella, le faltaban los hilos. Entonces comenzó a deshacer aquel destino, pero lamentablemente ya todo estaba perdido: en el reflejo de la ventana, solo se veían sus ojos tristes y vacíos.
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Una tarde, miró a una joven sonreír en el reflejo de la ventana e inmediatamente empezó a tejerle una vida: debe dejar de reír y empezar a sufrir por la falta de algo importante. Y con manos diestras y mágicas comenzó a tejer apresuradamente una vida angustiante. Ella debe sentir, cada mañana, que le falta fuerza para levantarse, decía la joven tejedora con malicia infame.
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Se esmeró tanto en hacer aquella vida, que olvidó hacer otras. Desde temprano se levantaba pensando cómo hacer más tristes los ojos y más fría aquella boca. Cada trazo, cada hilo, servía para crear muchas sombras y en la tela que tejía ya no había colores, solo una oscuridad tortuosa.
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Cuando la tejedora alzó la cabeza y quiso ver el reflejo de la muchacha, se dio cuenta que era el suyo: ella misma se había tejido un destino triste y oscuro. Quiso empezar a tejer para cambiar lo tejido, pero para desgracia de ella, le faltaban los hilos. Entonces comenzó a deshacer aquel destino, pero lamentablemente ya todo estaba perdido: en el reflejo de la ventana, solo se veían sus ojos tristes y vacíos.