La textura del desarraigo
En todos estos años procuró olvidar, vivir la auténtica soledad del desamparado. Allí, mientras esperaba recordó a su madre en la puerta sin decir una palabra, sus hermanas quietas y atemorizadas, y a su padre rojo de la furia dándole latigazos. Su error: estudiar arte, querer ser alguien, no trabajar en el campo. Su padre le dijo aquel día, con cada golpe: poco hombre, niña, mujercita, bastardo. El látigo le cruzó el rostro, pero fueron las palabras las que enterraron sus colmillos afilados. La herida no la habían hecho las manos, sino aquellas palabras de un padre avergonzado.
Esa misma noche se fue de la casa. La idea era poner distancia. Y así lo hizo. Al principio le dolió la lejanía de los afectos, la soledad de algunas mañanas. También le dio un miedo atroz la angustiante presencia de su padre en los sueños, su sombra vomitando odio, mientras las manos apretaban alrededor de su cuello. En cada noche huía, era un perseguido de aquella sombra que lo señalaba con el dedo. Allí mismo se toca la herida, mientras espera el tren en un espectral silencio.
Y el tren llega, justo a la hora y se embarcan los pasajeros; y él se queda en el andén, ausente, callado, quieto. Y el tren se va y él no hace nada por detenerlo. Y el hombre se toca la herida que le cruza la cara y sabe que esa herida sangra, a pesar del tiempo