Nadie sabe lo que tiene…
Andrés comenta algo y todos lo secundan. Hay un intercambio apasionado y automático entre los chicos. Entre ellos se crean solidaridades mecánicas e irreflexivas, son un clan pendenciero y arbitrario. El hablar corto, sin argumentos, como si todos pudieran saber o descifrar las ideas completas es parte de la dinámica diaria para ellos. Son aliados eventuales y carecen de posturas sociales impuestas, solo se dejan llevar por sus instintos y verdades.
La noche avanza y Eduardo mira el reloj con fastidio. Con disgusto comenta que la madre le ha regañado mil veces por llegar tarde, que le reclama el que ella pase horas en vela esperándolo, angustiada de que pueda pasarle algo. Nadie complementa ni apoya a Eduardo, guardan silencio. Eduardo afirma con vehemencia que está cansado de tener encima a su madre. Inmediatamente, Miguel explica que a él le pasa todo lo contrario: sus padres a penas lo ven, casi ni le hablan, están ocupados en sus cosas, la excusa es que trabajan. Un poquito de atención sería bueno, dice Miguel con la cara baja.
En mitad del silencio, Andrés se atreve a dejar caer algunas palabras simples y conmovedoras: “Qué diré yo que soy huérfano y no tengo con quién hablar en casa”. Inquietos, los jóvenes miran un punto lejano, no afuera, sino dentro de ellos. Con excusas se fueron alejando, cada quien por su lado, tal vez sintiendo, por primera vez, el valor que tienen algunas personas.