Sin equipaje
La muchacha entró a la habitación extraña, por fin estaba en aquel país que a partir de ese momento sería su morada. Revisó las cuatro paredes y en ellas reposó su mirada: ¿Por qué tenía tanto miedo si por mucho tiempo fue esto lo que anhelaba y comenzar desde cero, tampoco le importaba? Entonces abrió la maleta y al revisarla, como agua reprimida, se le salieron las lágrimas. Solo halló zapatos, ropas bien dobladas y un sin número de cosas que realmente no importaban. ¿Dónde estaban los abrazos de su madre, se preguntó la muchacha en voz alta, y el acompañamiento de sus hermanos en las noches solitarias, en qué parte había metido a los amigos que siempre la acompañaban, aquellos que siempre habían estado en las buenas y en las malas. Dónde estaba el mar, aquel que veía desde su ventana; dónde había guardado las arepas, el sancocho, las polarcitas y las hallacas? Con razón sentía que la maleta venía tan liviana, si allí no traía casi nada. Con razón, Dios mío, ese pesar entre pecho y espalda, y es que cuando se sale de su país y se deja la familia, la casa, las cosas más entrañables no las llevas en una maleta sino guardadas en el alma.
Texto original de 