La Noche en que me Quebré
La noche en la que me quebré en mil pedazos
fue una noche tranquila, cálida.
Fuera de mi ventana, solo había silencio:
el sonido de un geco y la suave brisa meciendo los árboles.
Después de que me tomaste en tus brazos,
me diste un beso lento y profundo,
y susurraste en mi oído cuánto me deseabas,
cuán grabada estaba en tu mente y en tu alma.
Me llevaste al borde del universo
y me dejaste derretirme con las estrellas.
Al descender, al purificar nuestros cuerpos del eco de lo vivido,
me llevaste a otra dimensión,
un lugar que no sabía que existía.
Un simple gesto, algo inocente,
puro, me atrevería a decir.
Desenredaste mis rizos,
los rizos que atraparon tu atención al conocerme,
los que soñabas envolver en tu mano,
los que acariciabas para quedarte dormido.
Y en ese instante,
mi corazón se detuvo y mi mente me traicionó.
Conjuró escenarios que nunca había imaginado hasta esa noche:
visiones de ti cuidándome,
de los dos siendo uno,
de una vida sin complicaciones.
Porque, ¿cómo podría sentirme insegura,
si este hombre, con tanta ternura desinteresada,
estaba desenredando mi cabello?
Tuve que contener las lágrimas.
Temía que mis sentimientos te asustaran.
Mostrar mi vulnerabilidad me parecía demasiado peligroso,
como si pudiera darte una razón para irte.
Ahora, después de muchas lunas,
la lluvia es lo único que escucho.
Y hay alguien nuevo
recibiendo todo tu afecto.
Desearía haber llorado esa noche.
Desearía haberte mostrado mis lágrimas.
Porque no me avergonzaba de ellas.
Mi vulnerabilidad era la prueba
de que podía amarte.
Y sí, en ese momento, en esa habitación,
tenía miedo de que te fueras,
tal como lo hiciste.
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