II.Luna
La mañana había despertado en calma, Luna se estira sobre la cama y abre los ojos trabajosamente, su sueño fue plácido a pesar de haber tenido una noche especialmente triste. Son las siete de la mañana, Luna hace su ritual diario para auto-animarse antes de ir al trabajo. Repite muchas veces "hoy será un gran día". Hoy será un gran día mientras hace el café; hoy será un gran día mientras se viste; hoy será un gran día mientras se maquilla…
¡Hoy será un gran día! y sale a la calle.
Faltan solo diez minutos para las ocho, ya es imposible llegar temprano. En vez de tomar su camino habitual, escoge ir hasta la parada del bus en el parque de diversiones.
La mañana comienza a estar tibia, Luna lleva un vestido blanco y una cinta a juego le sostiene el cabello, es como si el sol se encaprichara en derramar toda su luz en ella. Sin embargo, esa belleza es casi imperceptible para los ojos ciegos de los transeúntes, muchas veces incapaces de mirar con los ojos con que se observa la verdadera belleza, Luna se escurre entre todas esas miradas e intenta alcanzar el bus que se encuentra a escasos metros.
Ya sentada se coloca los audífonos y trata de no pensar en la suerte de su vestido, su atención se distrae entre los pequeños haces de luz que forman los rayos del sol al penetrar por alguna cristalería o el follaje de los árboles del parque...
Su mirada va rodeando el entorno, hay mucha gente colgando de las barras, con cara obstinada, como si no estuviera apenas comenzando el día; hay gente que habla muy alto y otros que escuchan alguna canción del momento, uno de esos hits en los que el cantante parece sufrir de alguna obstrucción intestinal.
Al fondo se encuentra con los ojos de un muchacho que la observa, mas no es esa mirada atroz y carnívora que la desviste cuando anda por la calle, estos son unos ojos tan tristes que duele mirarlos. Luna se mordisquea el labio inferior instintivamente, apenas repara en ello, sostiene la mirada por segundos, la aparta, se ruboriza, pero no es curiosidad, lo sabe, este es otro estremecimiento.
Se siente un poco vergonzoso adentrarse en sus pupilas, pero cede, hay algo extraño en la profundidad de esos ojos negros, es como si la noche todavía estuviera asentada en ellos. El muchacho parece pedir auxilio con la mirada, debe ser terrible estar entre todo ese bullicio de pie y con sueño –piensa ella, que le hubiera ofrecido el asiento si no estuviera tan lejos–.
El bus frena y se pierde la inercia en el interior, mas las dos miradas siguen conectadas, intrigadas, sin saber por qué no pueden separarse. Es uno de esos instantes de los que sabes que no volverán a repetirse, sería demasiado fácil acercase, decir algo, ir juntos a tomar un café, sería demasiado fácil todo, pero muy desesperado…
El subconsciente le advierte que lleva varios segundos observándolo, y aunque no desea apartarse sabe que ésta es su parada y si no se apresura el bus reanudará la marcha. Se pone de pie, le sonríe aún sin creérselo, se ruboriza, baja la mirada, pisa cada uno de los peldaños con ganas de quedarse, el corazón le palpita fuerte, casi robándole el aliento.
Alejándose se da cuenta que aquel muchacho todavía la observa luchando entre la gente para no perderla de vista.
¡Hoy será un magnífico día!
Y entra en el edificio.
Este es el Capítulo 2 de mi novela #QueSeLlamaSoledad escrita en 2018. Espero que les esté gustando lo que van leyendo y si es así me comenten qué tal. ¿Ya tienen teorías? jajaja
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