Tenía 10 años cuando te vi por primera vez. Correteabas aquellos prados donde el pasto, era tan verde como los ojos de mi madre… Tan fresco, que las gotas del rocío mañanero, se deslizaban sobre las delgadas hojas, hasta caer y perderse bajo la sedienta tierra. Me incorporé hasta el cercado para conocerte. Eras un hermoso potro, de esos que hablan con su cuerpo. De orejas, quietas y relajadas, indicio de que te sentías a gusto. Lucías ese largo y elegante cuello, que con un ligero movimiento de cabeza, trataba de conversar conmigo. Sentí que te conocía desde siempre. Imaginé al Pegaso de mis sueños, compartiendo momentos inexplicables y misteriosos. De pronto levantaste tu blonda cola, para indicarme que estabas contento. Me sorprendiste al masticar y masticar sin estar comiendo, eso me puso en alerta, aunque no había ninguna señal de violencia en ti, me alejé un poco para evitar incomodarte.
Yo solo ansiaba conocerte. Tal era mi curiosidad de niña, que cuando vi tus patas, alucinaba, ¡no lo podía creer!, en cada una sobre las pezuñas, lucías un penacho, de un prístino color blanco, eras un potro especial. No sé si mi corazón de niña, te conmovió. Ya confiada, me acerqué un poco más y solo bastó ese movimiento, para que alargaras tu cuello hacia mí y con tus belfos acariciaras mis manos. Mi reacción fue de alerta, no de miedo, nunca había estado tan cerca de un caballo, y tú me inspiraste confianza desde aquel día.
En casa de mis padres, solo había dos mascotas; un gato Siamés y un perro Dálmata a quienes amé con locura. Contigo descubrí sensaciones que jamás había experimentado. Solo visitarte y que te acercaras todas las mañanas hacia mí, era mágico. Así pasaron varios años, entre paseos y cariños, recorríamos la sabana abierta juntos. Permitiste que fuera tu jinete, te dejabas guiar, visitamos cascadas y lagunas, aquel arroyo de aguas cristalinas, encandilaba con las caricias de los rayos del sol que lo contemplaba. Disfrutamos nuestra amistad como nadie en este mundo. ¡Ay mi fiel Pegaso! Te voy a extrañar...
Ahora que soy una mujer, te quiero agradecer por todo lo que me ofreciste y por nunca abandonarme. Sé que me escuchas, porque tus finas orejas se mueven en señal de amor y atención. Te abrazaré y daré calor en este final. Recuerdo que, te miraba pasando tu esbelto cuerpo a través de la cerca, bufabas con tus grandes ollares de emoción y contemplaba tus blondas crines color azabache, retando al viento sumiso ante ti. Era tal este amor, que en mis sueños sentía que tus belfos, mordisqueaban mis pies, me reía aunque dormida,
era muy gracioso porque me lanzabas al piso. Me llevabas volando como Pegaso a las nubes más altas. Nunca tuve miedo. Estaba con mi héroe alado, "Mi fiel Pegaso" Al despertar, iba a nuestro encuentro matutino. Solo silbaba y tú llegabas con ese relincho demostrando alegría en cada encuentro.
No tienes alas, pero sí un gran corazón que pronto se detendrá. Me niego a aceptarlo, pero son designios. Partirás y quedará solitaria la sabana. El riachuelo llorará, hasta convertirse en un río caudaloso, por donde no podrá cruzar ningún ser humano. Las nubes que rozaban tus patas blancas confundidas, alzarán vuelo hasta llegar al lugar de tu eterno reposo. Me despido amigo. ¡Buen trote, mi amado Pegaso!.
Hoy, me mostré valiente ante el mundo y visité nuestro lugar de encuentro. Miraba, lloraba y esperaba, no sé qué… Ya no habrá paseos, ni citas a escondidas, solo silencio, aires fríos y tristes sabanales. No regresaré, me duele en el alma tu ausencia. Antes de retirarme para siempre de este paraíso terrenal donde fuimos muy felices, se me ocurrió silbar como antes lo hacía para recordar cuando te esperaba ansiosa. De repente escuché un agudo relincho a lo lejos, sorprendida, volví a silbar, mi corazón latía muy fuerte, era una sensación extraña, indescriptible... ¡Cuánta ilusión!
Frente a mí, estaba un potrillo recién nacido, junto a la madre, con un lucero en la frente y sus cuatro patas blancas.