No dejé de amarle, señora,
sino que su amor ahora sabe distinto.
Su boca tiene el amargo delicioso del vodka,
sus ojos son más marrones hoy
que cuando los miré por primera vez
aquel amanecer en que su pierna
amaneció sobre mi muslo.
Qué suave se ha vuelto su piel de cuatro décadas
tostada por el sol de los mercados y el jardín
adonde vamos por caminos distintos
oliendo frutas y acariciando flores.
Y es que mi voz ronca
de seguro suena diferente en sus oídos
luego de tantos susurros y jadeos, señora.
Dígame usted,
a qué huele mi cuerpo
entretenido por su pasión encendida.
Yo le aseguro que, al igual que el suyo,
hoy encontrará canelas y vainillas
más maduras en mis poros.
No pida permiso para irse, señora.
El amor, cuando es de verdad,
Destroza las ridículas manecillas
De los relojes que se miran
Apenas suena la puerta en su salida.
Vaya, que yo me quedo.
Vaya y rinda culto a la rutina
del gemido disimulado y fingido.
Trate de reír mientras se asfixia.
Intente bailar sin música
para que sienta tropezar sus pies
con los de quien dice ser su dueño.