Es inevitable usarla.
Sin ella, los alaridos del alma
atormentan.
Un gato capta,
en las sombras,
el rictus que delinean
sus labios azules.
Mira con sigilo,
sabe que detrás de ella,
otra espera y acecha.
Esa, la otra,
tiene ojos de angustia.
Quiere gritar,
pero calla.
Deja todo a la de
labios azulados,
confiado en que
nadie podrá
apreciar su verdadera
mirada.
Se cree a salvo.
La máscara no es rostro,
es farsa, engaño,
espejismo de la vida
Otra, en la que sólo
es capaz de existir
la voluntad enajenada
de quien huye de sí mismo.
El dolor, inmenso,
sacude al ser
de quien la retira.
La máscara no está hecha
para colgar de las manos,
ni adornar paredes.
Allí, inerte, pierde
su condición de trampa.
No hay ojos en las paredes.
Ella es, por naturaleza,
conclusión y no extensión.
En ella culmina un rostro
y comienza el encubrimiento.
Está pegada
al alma.
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