Yo conocí
el amargo vaho
de tu prisa
La soledad puso bronce
a mis espaldas
y en mi boca
el agua era mordida
con la rabia de cien
leones
hambrientos.
No hubo sol
al que no viera teñir
de amarillo
las mañanas
ni noche
a la que no hubiera
presenciado
en su bienvenida
Dormir
no era la posibilidad
de un sueño
sino el tormento
de una memoria
con ojos rojos
llenos de sangre.
Uno a uno
me tocó escuchar
el crujido
de mis pies calzados
chocando con el cedro
y estremeciendo a las hojas
tostadas.
Lástima de mis pasados
embriagados en ron
Una copa rota
es la única testigo
de mis rodillas
abandonando
la pesada angustia
del beso negado.