Saludos cordiales a los amigos. Hoy mi propuesta nace de la admiración a una de las mujeres que, con hondas raíces en la tormentosa vida, llegó al poema inevitable, a la entrega lírica total: Alejandra Pizarnik.
El momento de copas
donde el vino es locura
vuelve a mí,
vuelve al desahogo de un nombre olvidado.
Alejandra miró las nubes
en medio del caos y pudo
reconocerse.
Con pálida cortesía
sujetó
mis arrugas y temblaron
todos los inviernos.
Aquella mujer de tristeza
descosida,
prófuga del viento
buscaba en el hollín de sus poemas
un refugio.
¡Alejandra! ¡Alejandra!
Estoy en tu costado.
Somos olvido, refugio,
sombra.
Nadie nos presentó,
nadie.
¡Alejandra! Volví a gritar.
Estoy en tu dolor.
Somos olvido, refugio,
vida.