Regreso a casa
La noche había caído una hora atrás y la oscuridad cubría ahora todo el interior de la casa, a excepción de la sala, donde la televisión era la única fuente de iluminación. El entorno de la vivienda desprendía un amargo hedor a ron barato, y en el sofá un hombre solitario ahogaba sus penas, su tristeza, en alcohol. Sirvió el trago y lo bebió a pecho, quiso otro más, sin embargo la botella estaba vacía ya. Tanteó con la palma de su mano hasta dar con los cigarrillos en la mesita contigua a él, encendió uno y después lanzó la botella, con ira, contra una pared. Las esquirlas de vidrio se combinaron con las demás que yacían en el suelo desde hacía meses. Se sentía mareado, sabía que pronto quedaría desmayado y despertaría cuando el sol se colase por la ventana, como siempre.
Cambió de canales sin intención de parar en ninguno en específico, solo quería distraerse, hasta que vio algo en el noticiero: muertos, miles de muertos, rezaba el cintillo. Una guerra, la noticia parecía transcurrir en la ciudad, en su ciudad, pero eso no tenía sentido porque allí no había guerras, algo más pasaba; no obstante, su vista estaba nublada, no distinguía bien las imágenes frente a sí, ni los sonidos. Creyó escuchar que la reportera del canal decía algo sobre personas que regresaban de la muerte. «¿Qué carajo tomé?», pensó antes de intentar levantarse del asiento para acercarse a la TV. Fue en vano, cayó de rodillas, vomitó en el piso y se desvaneció.
Todo quedó en negro, completamente en la penumbra, hasta que un rayo de luz irradió de la nada, entonces comenzó a escuchar el golpeteo: toc, toc, toc, sonó a la lejanía en la primera ocasión. La siguiente vez se escuchó más cerca. Toc, toc, toc sonó ahora una tercera, mucho más cerca las dos anteriores, como si lo tuviese justo al lado... alguien tocaba la puerta. Despertó con la cara hundida en un charco de su propio vómito. Seguían tocando la puerta.
—¡Ya voy! —gritó y corrió a buscar algo para limpiarse el rostro.
Toc, toc, toc, tocaron una y otra vez, con intervalos un minuto.
—¡Maldición, ya voy! —respondió, molesto. El toqueteo le retumbaba en la cabeza.
Se limpió la cara con una franela sudada y fue a abrir la puerta, antes de llegar se cortó el pie con un trozo de vidrio, lo cual le hizo soltar un quejido ahogado.
—¿Está bien? —preguntó la voz a través de la puerta.
Sonaba como alguien joven. Algo en esa voz, además, le pareció familiar.
—Estoy bien —dijo él.
Contuvo la sangre que le brotaba del pie con la misma franela que usó para limpiarse la cara. Llegó hasta la puerta la abrió, no había nadie parado frente a ella pero, en el escalón más bajo de la entrada, de espaldas a él, había un muchacho sentado.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el hombre, y escuchó que el chico empezó a llorar —. ¿Estás bien? —se acercó hasta él para verle la cara.
—Sí... eso creo —dijo, aún lloraba —. ¿Tú cómo has estado?
«La chaqueta», se dio cuenta entonces, la chaqueta que vestía, con la capucha que le cubría la cabeza, era la misma que él y su esposa eligieron para su hijo el día de su funeral, cinco años atrás. «Era su favorita».
—¿Nos conocemos, amigo?
El joven volteó, las lágrimas corrían a cantaros por sus ojos, y aún con la mitad de la cara tapada tras la capucha él lo reconoció al instante.
—¿Daniel? —preguntó, con la voz quebrada.
—Hola, papá.
Para ese punto los dos eran un mar de lágrimas. Caminaron el uno hacia el otro y se abrazaron con fuerza. Su niño, de alguna forma, estaba de vuelta.
—Papá, estás viejo, y hueles a whisky —dijo. Ambos soltaron una carcajada.
—Es ron, de hecho —repuso él.
—No sé... no sé por qué estoy aquí —dijo Daniel, apoyando la cabeza en el hombro de su padre.
—No importa... estás aquí. Eso es lo único que importa, mi niño... realmente estás aquí.
Foto original de Pexels | Pixabay
XXX
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