El gran dilema: Parte 1
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El anciano estaba sentado desde hacía rato en una de las sillas situadas a lo largo de una de las paredes del pasillo; era de complexión robusta, llevaba puesto un traje de color oscuro, y se cubría la cabeza con un sombrero fedora pasado de moda.
Por lo visto estaba esperando a uno de los empleados de las oficinas radicadas en ese piso, puesto cuando escuchaba pasos se erguía un poco, volvía la cabeza a un extremo del recinto por donde solía entrar la gente a la zona, y su rostro de barba blanca se mostraba esperanzado, sin embargo, era evidente no había tenido mucha suerte hasta ese instante, y después de comprobar la identidad del recién llegado, si bien a veces se trataba más bien de un grupo de personas, se mostraba de nuevo un poco preocupado.
En las cercanías de donde estaba se encontraba situado un escritorio blanco de material plástico, precediendo una puerta del mismo color, y ante éste, frente a una pantalla holográfica, había una mujer trabajando. El sonido de las largas uñas pintadas de la señorita cuando los dedos golpeaban rápidamente la superficie del teclado también le llamaba la atención de vez en cuando. El ruido le hacía imaginarse una araña corriendo por las teclas como si se tratara de un engendro de una película de terror anticuada. En esas ocasiones volvía a preguntarse si la mujer sería real o se trataría de uno de los últimos modelos de sintéticos, porque en los últimos tiempos se habían vuelto por completo indistinguibles de un ser humano.
El anciano se entretuvo un poco más en mirar como la mujer escribía cual si no hubiera un mañana, con expresión de estar ensimismada como si su mente vagara por otros momentos de su vida. La pantalla holográfica flotando sobre la superficie del buró era semitransparente y le permitía distinguirla bastante bien desde su silla aun cuando no le era posible ver el contenido. La cambiante luz caía de lleno en el agradable rostro femenino de suaves facciones, en los arreglados cabellos oscuros, y se reflejaba en los grandes ojos pardos, de cuando en cuando tiñéndolo todo de variados colores.
A pesar de intentarlo, no podía recordar si era la misma señorita de las otras veces, su memoria no era la misma de antes.
Por fin pareció despertar cuando se escuchó una puerta lejana, miró a todos lados, consultó su reloj oculto por la manga de su saco, y como si una fuerza insondable lo impulsara, se puso de pie para dirigirse a donde la escribiente.
—¿Sí, señor Vargas? —preguntó la mujer deteniendo lo que hacía, y levantó la cabeza para mirar a su interlocutor con una sonrisa.
El señor Vargas se demoró un momento en hablarle, con sus manos ahora estrujando su sombrero.
—Perdone si vuelvo a molestarla... señorita... Pero, ¿demorará mucho más el señor Carrasco?
—Tal como le he dicho antes, señor Vargas, no sabría decirle en este instante —dijo la mujer amablemente y le sonrió de nuevo con paciencia—. El señor Carrasco es un hombre ocupado, y todavía debe encontrarse reunido, porque como es el encargado de relaciones públicas —murmuró después cual si contara un secreto, asintiendo lentamente, y se interrumpió para mirar a ambos lados—. Pero no se desespere, ¿sí?, y siéntese con confianza, su presencia no molesta para nada, porque estamos para servirle —volvió a decir tras una corta pausa, y señaló a la hilera de asientos con un grácil movimiento de su brazo.
El señor Vargas la observó con marcado interés en tanto hablaba, como para no perderse una sola expresión del rostro, y después se mantuvo de pie en el mismo sitio, incluso cuando su mirada se posó en un punto indeterminado.
Por un momento dudó si debería continuar esperando, pues si el encargado de relaciones públicas estaba en una junta podría demorar bastante según su experiencia y pronto se haría de noche, no obstante, justo en ese momento volvieron a escucharse los ruidos de pasos a su costado y eso por fin lo hizo volverse como las otras veces para comprobar la identidad del recién llegado.
Por la entrada del extremo del extenso corredor se mostraba ahora un hombre obeso de unos cincuenta años; iba cubierto con un traje de un rosa pálido, llevaba un portafolio negro, y se secaba con un pañuelo inmaculado el sudor de su redondeado rostro no menos sonrosado.
El anciano lo observó reflejando en sus ojos nuevas esperanzas, con su propio rostro más emocionado al constatar la presencia, y cuando el individuo guardó su pañuelo y caminó por el pasillo se mantuvo siguiéndolo con la vista.
Por su parte, el recién llegado tampoco tardó mucho en darse cuenta de la existencia del anciano, y por un instante se detuvo cual sorprendido de encontrárselo a esa hora. En el momento en que sus ojos de un pálido color azul se posaron en los de la mujer sentada ante el escritorio estuvo claro que conocía a la persona que lo esperaba con tanta impaciencia y que la visita no le resultaba del todo placentera. Por lo menos esa fue la impresión que dio, por la ligera expresión de incomodidad que pudo verse crecer en su mofletuda cara bien rasurada, y por como cogió con ambas manos su portafolio, cual si deseara defenderse de una agresión inminente.
—¡Por Dios... no ahora! —murmuró por último negando.
Pero se recuperó pronto de su sorpresa inicial, sostuvo su portafolio de nuevo sólo con la mano derecha se diría con una cierta resignación, y caminó a donde estaba el escritorio blanco a la vez se arreglaba el cuello de su camisa.
—El señor Vargas lo espera desde hace rato, señor Carrasco —dijo la mujer ante el buró cuando el hombre obeso se acercó más a donde estaba—. Es para lo de... ¿cómo decirle?, el asunto ese de...
—Sí, sí, lo sé, Bárbara —dijo un tanto nervioso el señor Carrasco a medida levantaba una mano con presteza para indicarle silencio.
—¡Buenas tardes, señor Carrasco! —saludó el anciano ofreciendo su mano y continuó hablando en cuanto el señor Carrasco se la presionó levemente—. Espero no molestarlo mucho, sé debe de estar cansado a estas horas y...
—En eso tiene toda la razón, señor Vargas, llevo todo el santo día de reunión en reunión —dijo el hombre obeso interrumpiéndolo.
El anciano asintió, conocía como ese hombre era meticuloso, y por lo visto a veces cargaba con muchas tareas en lugar de asignarlas a sus subordinados.
—Pero de todos modos no pude evitarlo, sabe la importancia de mi problema, y me gustaría saber si pudo hacer algo por mi nieta, como me prometió tratarlo en las próximas juntas —dijo el señor Vargas estrujando más su sombrero.
El señor Carrasco enarcó las cejas, y respiró profundo antes de contestarle.
—Mi estimado, me temo ese asunto no ha salido como deseaba, créame, no sé cómo darle esta noticia para que lo comprenda, porque a veces hasta a mí me cuesta creerlo —dijo y miró de reojo a la mujer en sus cercanías.
La recepcionista parecía interesada y eso lo ponía más nervioso, en esos tiempos nunca se sabía dónde había informantes.
—Oh, entonces... —murmuró el señor Vargas con expresión de estar preocupado.
—Pero venga, venga conmigo, primero entremos a mi oficina —indicó el señor Carrasco guiándolo por un hombro como si fuera su amigo de toda la vida.
El anciano se movió casi sin notarlo impulsado por su interlocutor, y después lo siguió mientras éste caminaba hacia la puerta cercana; y el hombre obeso se detuvo cuando puso la mano en el picaporte y como si recordara algo se volvió hacia la mujer del escritorio.
—Por favor, señorita Cortés, no estoy para nadie más, ¿está claro? —manifestó levantando un índice, se diría algo molesto por su tono.
La mujer pareció entenderlo, sabía el significado de ser llamada de pronto por su apellido, y asintió deprisa con su cabeza.
—He comprendido, señor Carrasco, no se preocupe —corroboró.
El anciano siguió otra vez al señor Carrasco cuando éste le indicó hacerlo y ambos entraron por la puerta.
Continúa en la parte 2...