
El tiempo camina a mi lado
tal líneas de un dibujo
que un día fueron besos y horizontes
instantes de una luz eterna
en la calle de la quietud y los misterios.
El tiempo y yo nunca nos despedimos
ni cerramos los ojos en la noche
somos un pasadizo a la verdad
el corazón de un milagro que florece.
Cuando amanece
y sentimos la calidez del Sol
aún somos gotas de rocío
milagrosas y puras cual deseo
intrépido y mordaz.
Nada existe
que separe nuestras manos
a pesar de los días
de las arrugas tatuadas en el alma.
Y así andamos
sin huella predecible
solo labios espectadores
que se asoman al delirio de los días.
El texto y la imagen son de mi autoría.