Desde hace unos meses trabajo de articulista para una empresa de creación de contenidos. El equipo de redacción produce, en jornadas diarias, una abrumadora cantidad de artículos que alcanzan un escaso público. Aunque pudiera deberse a una baja calidad la incipiente acogida y repercusión, en realidad, la respuesta se encuentra inmersa en la hiperconectividad y la velocidad de la información: noticias leídas solo en sus titulares, artículos dejados en mitad de un párrafo, películas visualizadas en sesiones programadas; quizás, en alguna ocasión, un contenido llama nuestra atención, pero al poco tiempo ya no lo recordamos, ha desaparecido en los archivos de la memoria. Esta memoria no solo humana, sino también digital.
A raíz de esto he advertido una maquinaria indetenible de contenido que nadie consume. Las opiniones, reseñas, escritos, toda está fabricado con miras a la inmediatez y los resultados efectistas. Se ha desterrado a la divagación, la búsqueda, la exploración, la experimentación.
La hiperconectividad nos mantiene en vilo; los acontecimientos se suceden tan rápido que pierden su noción, su realidad, su existencia. En poco tiempo terminamos aburridos, cansados. Como los cuerpos sacados de los ríos, hinchados e inflamados de información. Nos recubre la indiferencia absoluta, el mundo exterior nos reclama con fuerza y exigencia, y no nos da tiempo para la reflexión; no señor, ahora no puedo, no insista, no tengo oportunidad para pensar, quizás en otra ocasión. Nuestro mundo interno y psicológico queda siempre relegado, sin exploración. Tampoco hay miradas para los matices ni detalles; esa película es muy lenta; ese escrito usa demasiadas subordinadas, no lo entiendo.
La escritura a mano me lleva a constatar nuestro error: al tener al alcance cualquier material, nos creemos que sabemos muchas cosas, pero, en realidad, no tenemos idea de nada.
Sin asistencia digital, en la intemperie, una titubea a la hora de escribir. No hay un corrector dispuesto y automatizado para reparar el fallo, cambiar la palabra por un sinónimo, recomendarte un camino reconfortante y sin riesgos por donde pasear el pensamiento. En cambio, en la escritura a mano existe un resquicio, un aleteo de duda, relación entre cuerpo y mente, mundo exterior y mundo interior, en ese instante en que reflexionamos antes de escribir.
Ahora, al terminar cada hoja, no puedo dejar de exclamar: ¡puedo pensar! ¡Todavía se puede pensar!