La tienda de víveres, en la pequeña población "Los tres ríos", tiene una bombilla encendida en la puerta, que atrae a miles de mosquitos y pequeñas mariposas de alas marrones. Ellas quieren alejarse de la oscuridad, pero lo que no saben es que morirán irremediablemente quemadas.
El sonido de una campanilla advierte de la entrada de un posible comprador y allí adentro los espera Juliana. Alta y delgada como una vara, con sus lentes de pasta de color verde que reflejan la mirada de unos ojos negros aumentados por los gruesos cristales.
Está parada detrás del mostrador de madera, donde a través de los vidrios se ven los paquetes de caramelo, chupetas, chocolates, galletas y demás chucherías, ordenados en filas casi perfectas.
Atrás están los paquetes de arroz, harina, café, azúcar, pasta y otros productos que la gente del pueblo compra con frecuencia casi diaria.
La señora que ha entrado, camina apurada, arrastrando las chancletas que sostienen sus pies hinchados.
—¡Mijita! Me he quedado sin sal, menos mal que ustedes cierran tarde, ¿te imaginas hacer las arepas del desayuno desabridas?
Juliana se voltea a buscar un paquete de sal mientras piensa "Estas personas son tan simples y les encanta hablar de sus vidas en este lugar tan caluroso y lleno de bichos que vuelan por la noche. Esta es la herencia que me dejaste padre. Y levanta la mirada al techo de caña brava en un gesto de reclamo.
—Aquí tiene la sal —y coloca con fuerza el paquete sobre el mesón. —¿Va a comprar algo más?.
—¡Ya va! –y la señora se lleva la mano a la cabeza—, –sé que tengo que comprar otra cosa, estoy tratando de recordarme.
–¿No será la harina?, –dice Juliana con una ironía que la señora no llega a captar.
–¡No!, espera, ya me voy a acordar.
—No tengo toda la noche, señora. Usted sabe que cerramos a las 8 pm porque después de esa hora salen las mariposas peludas y no quiero que entren a la tienda y hace tiempo que el reloj marcó esa hora. —Y volteó hacia el antiguo reloj de pared, cuyo péndulo se movía de un lado a otro, en constante orden.
—Tu padre era más amable que tú, alegre y jocoso. Me reía mucho de sus chistes. Una vez me dijo que si las velas que compraba eran para buscar marido, que él estaba disponible. No te parece gracioso —y al sonreír mostró su perfecta dentadura postiza. —¡Eso era lo que venía a comprar!: unas velas.
Juliana respiró profundo y no hizo ningún comentario.
–¿Cuántas velas quiere y de qué color?
–Dame dos velas blancas
Buscó las velas y las puso sobre la mesa.
—Cambia ese carácter, Juliana, si sigues así no vas a encontrar marido. —La señora se metió la mano dentro de la blusa, y sacó tres billetes arrugados y húmedos y los puso sobre el mostrador.
Allí se quedaran hasta mañana
"¡Qué falta de higiene la de las mujeres de este pueblo, meterse los billetes manoseados dentro del sostén!"
La señora caminó hasta la puerta con Juliana detrás de ella. El reloj de pared marcó las 9 de la noche.
Al abrir la puerta, las campanitas sonaron. La calle estaba sola y las luces de las casas habían sido apagadas.
–Va a tener que correr para llegar a su casa;
La oscuridad disimuló la sonrisa en el rostro de Juliana. Había apagado la luz de la tienda mientras cerraba la puerta. De inmediato escuchó los aleteos de las mariposas peludas y los gritos de la señora. Y se dirigió con calma a la parte posterior de la tienda.
Con este minicuento estoy participando en la convocatoria de la comunidad Literatos al **Concurso de minicuentos ** en homenaje al escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. Aquí el enlace. Muchas gracias por leer.