Los recuerdos de mi niñez se habían mantenido ocultos en mi memoria, hasta que regresé a la casa que fue mi hogar por ocho años.
El piso brillante como un espejo, los grandes ventanales, la escalera y el gran retrato de mi padre, en el centro de la sala.
Me acerqué y su mirada hizo que me estremeciera. Siendo una niña, le tenía miedo. Era un hombre muy severo y cruel.
Su segunda esposa, Lucia y la hermana de esta, Rosario, una solterona fría y estirada, se creían dueñas y señoras de la casa. Provenientes de una familia acaudalada del pueblo de Timotes, trataban a los trabajadores de la casa con desprecio.
Subí las escaleras y abrí la puerta de la que había sido mi habitación. Allí estaba la casa de juguetes de color rosa, tal como la había dejado. Y me transporte al pasado, a ese día hace quince años.
Estaba jugando con Ana, la hija de la cocinera, tres años menor que yo. Nos encerrábamos en mi habitación para que Lucia o Rosario no nos molestaran. Ellas disfrutaban asustándonos.
La casa de muñeca grande y de color rosa, me la había regalado mi madre antes de morir.
Estábamos tan distraídas jugando con las muñecas, que hacíamos hablar con nuestras voces, que no escuchamos entrar a dos personas con unas máscaras monstruosos con cachos de color rojo, caminando hacia nosotras. Al verlos grité y corrí debajo de la cama desde donde vi caer, largo a largo, el cuerpo de Ana, de su cabeza brotaba sangre. Nadie creyó en lo que les conté.
Después de esto, no volví a ver a Ana ni a su mamá, y otra señora llegó para reemplazarla en la cocina.
A los días me llevaron a vivir con mi tía Emilia. Y con el tiempo mis recuerdos se hicieron cada vez mas borrosos, hasta desaparecer.
Pero había regresado y con esto, también las preguntas.
Bajé al salón y allí me esperaban Lucia y Rosario. Mas viejas, pero aún altivas.
—¡Qué gusto verte Mireya! después de tantos años. —Lucia se adelantó a su hermana.
—Sí ¡qué bueno que hayas regresado!
Rosario como la recordaba, intrigante y a la sombra de Lucia.
—Espero no molestar con mi llegada.
—Para nada. Esta es tu casa y tu padre estará muy feliz de verte. —Lucia me dio un abrazo y sentí un escalofrío que me recorrió la espalda.
Sospechaba de ella y de su hermana, con sus sonrisas hipócritas, queriendo aparentar un cariño que no sentían. Me las imaginaba con las máscaras puestas para asustarnos a Ana y a mi.
Pregunté donde estaba mi padre y me llevaron hasta su habitación. Allí descansaba sobre almohadones que lo mantenían con la cabeza levantada. Pálido pero con la mirada febril.
—¡Déjennos solos!
Me acerqué a la cama. Era un ser extraño para mi y no sentía ninguna emoción al verlo, pero quería saber porque me había llamado después de tantos años.
—Hija, como puedes ver me queda poco tiempo en esta vida. —Su voz era débil y respiraba con dificultad. —Quiero que sepas que si te alejé de mi y de esta casa fue para protegerte.
Me acerqué para que me escuchara.
—¿Protegerme de qué?
Un acceso de tos no le permitió seguir hablando. Su ojos se abrieron, su mano trató de tomar la mía y en un último intento de aspirar el aire que le permitiera seguir viviendo, abrió la boca, sin lograrlo y murió. Todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar.
Al entierro de mi padre asistieron muchas personas, mas de las que yo hubiera imaginado. Y entre ellas, bajo la sombra de un jabillo frondoso que las protegía del fuerte sol, estaba la señora Carmen, la antigua cocinera y a su lado, una joven de larga cabellera negra y ojos tristes que no dejaba de mirarme. En un instante lo comprendí. Era Ana.
Es asombroso como mi mente me protegió de la realidad.
Ana era mi hermana, yo lo sabía desde la noche que escuché a mi madre discutiendo con mi padre. Le gritaba muy dolida por su infidelidad.
Desde ese día, empezaron a ocurrir "accidentes" en los cuales Ana salía herida. Un tropezón que la hizo rodar por las escaleras, una caída del columpio, un gusano sobre su cuello, un encierro en el galpón y el mas grave de todos, un golpe en la cabeza que casi la mata. Y detrás de cada uno, estaban los dos personajes con máscaras que yo había creado, para culparlos de mis acciones, para escudarme del odio que sentía hacia el centro de mi odio : una niña indefensa, mi propia hermana.
Me fui ese mismo día, sin disculpas, sin rabia, dejando atrás el pasado y con este, los demonios de mi niñez. La casa que mi padre me había dejado en herencia, se la dejé a Ana, en un gesto de perdón.
Muchas gracias por leer este relato con el que estoy participando en el Concurso de relatos de la comunidad Literatos "La Máscara: el rostro oculto". Aquí el enlace