Aquel atormentado amanecer la sorprendió caminando mecánicamente sobre la orilla de un aterrador abismo, mientras el bramar de un distante eco la acosaba con una ruidosa pregunta: ¿existes? Miró hacia abajo, sabía que no debía hacerlo, su estómago se percató de la distancia que la separaba de su inminente inexistencia. La sangre empezó a abandonar su cuerpo, ella intenta desesperadamente mantenerse en pie, respirando más despacio. El eco regresa y poco a poco le va robando el aire, le absorbe las fuerzas, ella se dobla sobre su vientre y resbala. Su pie pende, debe haberse cortado, siente calor deslizando pesadamente sobre el pie desde la pierna. Un dolor desgarrador le separa el hombro, no cae. Decide abrir los ojos, un enorme brazo la sostiene, la aleja de aquel abismo. Ahora ella si existe y poco a poco recuerda su nombre.