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Era medianoche, algunas imágenes deambulaban por mi mente, símbolos dispares que no quería dilucidar. Sobre la ciudad se posa un manto de oscuridad, de esa penumbra que fascina por su misterio. Estoy sola, pero sombras danzan a mi alrededor, escucho mi respiración rápida y entrecortada. Acudo a la plaza más tenebrosa, desde ahí puedo ver la luna llena irradiando una luz cálida y tenue. El aire es gélido y estremece mi piel, tengo las manos frías, la nariz helada y los labios entumecidos.
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La lobreguez reina y está adherida a mis pasos. En ese instante vislumbré la extraña figura aproximándose. La niebla consumió mi espíritu y para entonces me hallaba sin identidad. Me quedé paralizada ante la incertidumbre de lo que sucederá, dominada por el anhelo de preservar mi juventud. El enigma fue desvaneciéndose, el brillo de sus ojos me daba una paz inexplicable. Con sus brazos me inmovilizó, sentía mi sangre borbotear. Sus manos tocaban con vehemencia mis muslos, me ultrajaba cada pliegue de mi ser. Una conjugación fascinante entre dolor, cólera y placer.
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Sentía dos almas ardiendo de amor, la mía intentando aferrarse a mi cuerpo, la suya, sobrenatural, empujándome a la seductora tiniebla. Conmociones espasmódicas me recorrían, una energía extraña se derramaba por mi cuerpo. Ahora no me sentía frágil y temerosa, una sensación de poder me arropó, me liberó de mi padecer cotidiano. Él se alejó hasta desvanecerse. Es probable que ahora el mal brote en mi sangre y en mi carne. Una brisa fría llenó la atmósfera mientras me vestía con dificultad, el embrujo de transformarme me mantuvo excitada durante un buen rato.
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En la penumbra se podía notar la luminosidad de mis ojos ávidos de deseo. Esta sed de oscuridad no puede ser un síntoma de locura. Tras llegar a casa noté que podía mirarme frente al espejo, allí palpé mi cuello y no percibí mordida ni rastros de sangre. También puedo tocar un crucifijo y rociarme con agua bendita. Quizás mi vampiro tiene otro método distinto al habitual o nuevamente fui abusada por un vagabundo.