Mateo desanudó el bote, caía la tarde en la península, los mangles sudaban sal y había una calma inusual en las arenas de Manglillo.
Caminó playa adentro empujando el viejo bote llamado "Sir Oliver", herencia familiar, como el oficio de pescadores y la fama de mejores arponeros del lugar.
Subió al bote, con los canaletes remó lejos hasta el punto donde los mangles se veían del tamaño de una uña.
Terminó de colocarse el traje de neopreno, cargó el arpón y se lanzó al mar; nadando despacio se alejó unas 40 brazadas del bote.
Pescaba a "la India", acechando lentamente los peces, volviéndose uno con el lecho marino.
El atardecer caía rápidamente; bajó las aguas Mateo flotaba entre suaves olas, aferrado a las oquedades del arrecife.
Tras un recodo de coral, una figura robusta de ojos globosos apareció. Siguió el rastro del perciforme, apuntó con el arpón, esperó.
Una pequeña burbuja alertó al mero que giró hacía el buzo. Él se detuvo detrás de unas algas, pesadamente se movía el pez. Jaló el gatillo atravesando justo detrás de la agalla al hermoso mero que quedó flotando con movilidad tónica.
Mateo recogió la línea y subió a la superficie calculando que el pez tenía 12 kilogramos; una sola cosa no estaba bien, el bote había desaparecido.
Miró a todos lados, no logró divisar nada, la noche llegaba, la mar quería picarse.
La sangre del mero, empezaba a esparcirse en el agua, un grupo de aletas rompía la mar a unas sesenta brazadas.
Pensó soltar el mero, pero en vez, se aferró al pescado y nadó hacia la orilla.
Las olas rugían, Mateo giraba para ver las amenazantes aletas que perseguían el olor sanguinolento.
La negrura se confundía con las aguas y el cansancio se apoderaba del jovenzuelo.
-Santa virgencita socorreme -pensaba.
Las olas y aguamalas le golpeaban dejándolo exhausto; no quería voltear, sabía que como acechó, ahora lo acechaban a él.
En la distancia de unas 30 brazadas el milagro se consumó, el "Sir Oliver" cabeceaba a la deriva y en los mangles se veía una luz guía.
Braceó con fuerza hasta el bote, justo antes de subir, sintió que jalaron la línea del arpón. Dos escualos mordían la presa desmémbrandola.
Subió al bote por la roda, se aferró al arpón y empezó a jalar la linea para no perder la faena, amarró la driza al bao y jaló con tanta fuerza que hizo saltar fuera de la mar al tiburón hasta el bote.
El muchacho se montó en la proa y agarrando un canalete empezó a apalear al escualo hasta dejarlo inmóvil.
La mar volvió a la calma y el segundo tiburón se alejó; en la boca del tiburón en el piso del bote, más de la mitad del mero estaba desgarrado.
Cuál sería la sorpresa de Mateo que de las tripas del pescado una esclava de oro como tesoro quedó expuesto. En silencio, el pescador tomó el brazalete, empezando a remar a la orilla.
-Gracias virgencita -solo eso dijo.
W.I.Theman