Tras el cristal
el mundo pasa diferente. Nadie se detiene
a preguntar si has hecho el amor,
si tu esposa pidió inclusión
en tus proyectos de jauría
como animal en cautiverio.
Paradójico sitio.
Telespectadores que ponen en su palma
el precio capaz de salvarlos
en una masturbación efervescente.
Ando con otra mirada,
no tan limpia
no tan de juzgar adelantado
pero ando;
qué importan esos pechos
erguidos con un vistazo y sonrientes,
qué importa tu agenda de contactos
y correos electrónicos,
imposibles de asegurarte una vida.
Doloroso el techo bajo el que fraguo
una venganza contra los que me creyeron cobarde
para cruzar una frontera
y soportar el silencio de míseros secretos;
dolorosa la mirada de mi madre
que sin pecados busca perdón
en palabras que teme pronunciarme,
en el pez listo para la mesa,
en caricias donde transporta un pedazo de mi infancia.
Tu eres dos en ti mismo,
te molesta el cristal,
no poder desprenderte del calor apabullante
causado por los niños
que se dejan conducir por la mano de un desconocido;
muchachas quejumbrosas
por la insatisfecha necesidad de otra navaja después del orgasmo;
los que te saludan;
costumbres de imaginar
que tu amor es un espejo hecho añicos
en medio del escenario
y no sabes, solo a veces, como repararlo.
Tras el cristal
mi casa es otra mujer moviendo su papada
por el premio de los besos;
mendigos a quienes observo lastimoso,
miserable, incapaz de regalarles
una esperanza metiendo la mano en el bolsillo
o una temporada que los salvaguarde de la muerte;
es –desde adentro-
mi hijo que derrama lágrimas dulces
solo comprensibles para quien lo ve dormir;
es mi esposa diciendo:
“ven, yo seré tu arca, satisface tu hambre, procrea,
contágiame si puedes,
de esa suciedad que quiero limpiarte”.
No quiero temerle a mi silencio,
ni ahogarme tras el cristal
consumiendo ruidos de una conversación
sobreviviendo a los transeúntes.