Una vez sentí a la muerte susurrarme al oído, como un viento helado que no toca la piel pero cala el alma. Cuando se percibe su aliento, el corazón se llena de espanto, y uno empieza a arrepentirse: de lo hecho, de lo callado, de lo que nunca se atrevió a amar. A mí me desgarró el miedo de partir sin decir “te amo” a quienes sostienen mi mundo.
La mayoría respondió con ternura, con gestos que no decían “yo también” pero lo susurraban en su forma de mirar, en su forma de estar. Eso me dio paz. Pero él… él solo envió palabras vacías, frases que se dicen por costumbre, como quien firma un papel sin leerlo. Su “recupérate” fue más frío que la muerte misma.
Ahí supe que ya no me amaba. Ahí morí. No fue el cuerpo, fue el alma. Y yo ya sabía que había muerto, y solo me aferraba al cadáver del pasado.
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