Venancio el tuqueque, vive detrás de los cuadros que guindan de las viejas paredes de la casa de María, él sale por las noches a comer, pero debe tener cuidado con la dueña de la casa que le tiene miedo y siempre quiere golpearlo con lo que consiga, además tiene que cuidarse también de la gata de la dueña, que siempre lo persigue queriéndoselo comer cuando escucha el "tac tac tac" que hace el animal.
—Allí está esa gata, —dice Venancio asomando su cabecita por el marco de uno de los cuadros.
Pero la gata estaba acostada panza abajo, acurrucada en la alfombra y parecía dormir, entonces Venancio decidió salir, corrió rápidamente por la pared encendiéndose en un hueco, pero allí estaban las hormigas rojas que se sintieron amenazadas y se defendieron picando a Venancio, el tuqueque sintió mucho dolor y salió corriendo tratando de quitarse una hormiga que tenía en una de las patas.
Luego se escuchó un "¡pum!" que produjo un zapatazo de María que casi aplasta Venancio, pero éste pudo esquivarlo a tiempo y se metió detrás de la cocina. El tuqueque con el susto del zapato no se había dado cuenta que tenía una hormiguita pegada en su patica, entonces sacó su pegajosa lengua para quitársela, pero esta le picó tan fuerte que tuvo que soltarla.
—¿Por qué me picas? —preguntó el tuqueque a la hormiguita—. Yo no me meto con ustedes, solo como arañas, chinches y coquitos que andan por allí.
—Es que tú eres muy feo, nosotras las hormigas creemos que eres malo y quieres comernos, —dijo la hormiguita roja.
—Es el drama de mi vida, las personas creen que soy peligroso para ellas, principalmente para las mujeres embarazadas, los gatos siempre me quieren comer, y ahora, me doy cuenta que ustedes, las hormigas, tampoco me quieren, —dijo el tuqueque entristecido.
—A nosotras las hormigas tampoco nos quieren mucho, lo que pasa es que no hacemos ruido como tú, y somos muy chiquitas y es difícil vernos.
—Bueno, ahora estamos aquí hormiguita, detrás de la cocina escondidos, tendremos que esperar que se duerman todos en la casa para poder salir.
—Yo sí puedo salir, como te dije soy muy chiquita y los humanos no me ven, y a los gatos no le gustan las hormigas.
La hormiguita salió muy tranquila mientras Venancio la miraba con sus grandes ojos redondos que se movían de un lado para el otro.
Se hizo de noche y el tuqueque Venancio, miró y no vió ni a María ni a la gata, así que salió de su escondite y trepó por el muro llegando hasta el techo, allí notó que una enorme araña entraba por una ranura que estaba en la pared que daba al cuarto de María, entonces Venancio la persiguió con cautela.
—Esta araña es muy grande, —dijo el tuqueque—. Y parece venenosa, pero a mí su veneno no me hace daño.
La araña con sus ocho patas caminaba cabeza abajo mirando con sus ocho ojos a María que dormía plácidamente en la cama. La araña comenzó a producir su ceda y un delgado hilo bajaba de su vientre hasta casi tocar la barriga de la mujer que no se daba cuenta de nada.
—Quiere picarle a María, —pensó el tuqueque que miraba en silencio lo que pasaba.
Entonces la araña comenzó a bajar por esa línea de seda, abría y cerraba su boca sacando sus filosas pinzas llenas de veneno, llegó casi a la barriga de la mujer, y cuando ya se disponía a clavar sus pinzas en ella, repentinamente Venancio se lanzó desde lo alto cayendo encima de la araña y de María quien despertó de un brinco asustada.
—¡Auxilio!, un tuqueque me quiere morder. —Gritaba María desesperada mirando a Venancio en el suelo.
La astuta araña había logrado esconder debajo de la cama, pero el tuqueque la vio y fue tras ella, la logró acorralar y con su lengua pegajosa la atrapó para luego comérsela, pero María abrió la puerta para que entrara la gata, Venancio corrió y comenzó a subir por las paredes y logró esconderse detrás de un cuadro, pero no pudo evitar emitir ese sonido que hacen los de su especie: "tac tac tac tac".
Al escuchar el sonido María supo que el tuqueque estaba detrás del cuadro, así que lo tumbó con una escoba y Venancio cayó al piso, entonces la gata intentó morderlo, pero de pronto maulló fuertemente "Miaaaaaauuuuuu", dando vueltas y vueltas como queriendo atrapar su cola. El tuqueque aprovecho la ocasión y se escapó por un huequito que estaba en la pared y se escondió a salvo, como siempre, detrás de un cuadro.
Al siguiente día Venancio recibió la visita de la hormiguita roja.
—Hola, hormiguita, ¿Qué haces por acá visitando a alguien tan feo como yo?
—jajajajajaja —sonrió la hormiguita—. Vine a pedirte que me dieras las gracias por salvarte la vida.
—¿A mí?, —dijo el tuqueque extrañado—. Salvarme la vida una hormiga, y tan chiquita.
—Sí, soy chiquita, pero pico bien duro, sino, pregúntale a la gata quién le pico anoche en la cola.
Y así Venancio el tuqueque y la hormiguita roja, se hicieron muy buenos amigos.
Y a ti querido lector, no le temas a los tuqueques, y cuando escuches el "tac tac tac tac" ese debe ser Venancio que te quiere saludar y decir: que mientras él este allí ninguna araña ni bicho te puede picar, porque él se lo comerá.
Concurso de cuentos infantiles en homenaje al escritor venezolano Aquiles Nazoa