Tirado boca arriba sobre la húmeda arena Wakü miraba el azul del cielo, allí veía pasar las blancas figuras de animales, personas y montañas, todo eso alegraba y hacía feliz al niño indígena, pero al poco tiempo esas formas se difuminaban o se transformaban en otra cosa mientras se movían o juntaban unas con otras, y entonces Wakü pensaba que el mundo de las nubes era al principio alegre y ordenado, pero después se tornaba triste y caótico como el suyo.
Una tarde se le ocurrió cerrar un ojo y con sus deditos comenzó a darle forma a las nubes, lo hacía como si ellas fueran una masa blanca que él podía moldear a su antojo, trató de hacer un pájaro de gigantes alas y se dio cuenta que podía hacerlo, cuando comenzaba a deformarse entonces volvía a darle su forma original hasta que el pájaro se perdía de vista en el cielo.
—Levántate niño holgazán, —gritó un hombre—. Tienes que ir a cavar en la mina.
Pasaron los días y en sus pocos tiempos libres Wakü perfeccionaba su arte con las nubes, cada vez hacía figuras más complejas. Un día, comenzó a hacer una mujer, le hizo el cabello largo y su cara fue tomando una forma conocida, era el rostro de su madre que no veía desde hacía muchos años.
—¿Amäy, eres tú?, —dijo Wakü sollozando—, llévame contigo, te extraño mucho.
Un pájaro blanco bajó del cielo y se llevó a Wakü al encuentro con su madre. Al poco tiempo los hombres de la mina comenzaron a buscar al niño.
—¿Dónde diablos está Wakü? —Dijo uno de ellos muy enojado—. Le voy a dar una lección.
—¡Está allá!, —dijo una niña señalando al cielo.
El hombre miró con el ceño fruncido, pero sólo veía nubes. Buscaron al pequeño indiecito por todas partes, pero nunca más se supo nada de Wakü.
Si miras en detalle las nubes verás a Wakü, volando en un pájaro con su mamá, dice la leyenda infantil de los indios que trabajan en las minas.
Concurso de microrrelatos fantásticos en homenaje a Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito