Un vasto y hermoso jardín siempre será el testigo del nacer y la muerte misma de cada vida que en la misma hace presencia.
No “erase una vez”, pues siempre será así como parte de una realidad.
Entonces…
Erase una vez una anciana que dedicó su vida entera a ser la guardiana de un frondoso y magnífico jardín, a pesar de que ella magia no poseía, dentro de si había algo que hacía que las semillas pudieran nacer con tal facilidad que la fertilidad se esparció por todo el lugar colorido.
Podrás ver incluso el agua del manantial brillar cuando el mismo caía de una pequeña fuente hecha por el difunto esposo de la guardiana, quien no hace mucho tiempo había dejado la tierra para irse a un plano astral más allá del cielo y las estrellas.
Si bien la anciana dentro de sí estaba muy triste, nunca llegó a sentirse sola, pues cada planta, flor e incluso semilla del jardín, hacen de ella un sentido familiar que la cobijaba y daba calidez, pues el color de cada flor le recordaba siempre el valor de la vida y su alrededor.
Algunos vecinos le iban a visitar y en particular un niño que vive en la esquina de su misma calle le solía llevar las semillas que ella con amor sembraba para luego devolverlo a su legítimo inocente dueño.
-Sra Emilia, hoy le traje esto- dice el pequeño Joseph mientras la anciana extiende su mano para recibir lo que es una pequeña bolsa de papel con unas semillas en su interior.
-Hace mucho tiempo el Sr. Juan me entregó esto, pero por alguna razón lo olvidé y nunca supe cómo sembrarlo- dice el pequeño, a lo que la anciana sonríe y a la vez cae de su rostro una lagrima.
Juan era su esposo, quien se dedicaba antes a cuidar el jardín.
-Gracias Joseph- le responde la anciana quien le extiende sus brazos para abrazarlo - cuando den vida a su débil tallo, te avisaré para que vengas a regarlas por mi- menciona la mayor.
Una vez que el pequeño Joseph se retiró de la casa de la anciana, ésta empezó a experimentar cosas que nunca había sentido - ¿qué dices? - pregunta la anciana al viento quien empezó a susurrarle al oído como si pudiera entenderle.
Sonrió nuevamente pensando que ya su edad la estaba llevando a la locura, para luego dirigirse a un pequeño taller colorido de plantas que aún faltaban por crecer. En el lugar había macetas de todos los tamaños y colores, al igual que floreros hermosos y de vidrios transparentes.
Sin embargo, más que quedarse maravillada por lo que ya estaba acostumbrada a ver, la anciana tomó varias macetas y en cada una de ellas siembra cada una de las semillas que el pequeño Joseph le dejó esa tarde. Las regó, las colocó en un lugar bajo sombra y se marchó a su habitación para limpiar sus manos y descansar.
Al día siguiente la anciana no podía creer lo que sus ojos estaban viendo, pues, de las 5 cinco macetas que había sembrado, cuatro de ellas ya tenían su pequeño tallo apuntando al cielo.
-Son hermosas- susurra nuevamente el viento en sus oídos, a lo que ella afirmó con su cabeza.
Sin embargo, se sintió un poco afligida porque una de las semillas no había nacido aún, se preguntó si había sido culpa de ella, o si la regó mucho y eso provocaría que se pudriera la semilla, muchas cosas pasaban por su cabeza.
-Ya nacerá, dale tiempo- le acaricia el viento su mejilla.
Varios días pasaron y las macetas ya estaban formando sus primeras flores, era la señal que necesitaba la anciana para avisarle al pequeño Joseph, a quien no dudo en llamar con prontitud.
-Son realmente hermosas- dice el ya adolescente Joseph mientras ayuda a regarlas.
-¿Pero qué pasa con esta?- le pregunta señalando la quinta maceta la cual nunca dio vida siquiera a un tallo - dale tiempo, ya nacerá - repite ella las palabras que una vez escuchó del viento - pero mientras puedes llevarte estas cuatro para que le des colocar a tu cuarto, sólo recuerda cuidarlas, un poco de sol y agua bastará.-
Y así fue, Joseph se llevó las cuatro flores más hermosas del vasto jardín de la anciana.
Esa noche, el viento nuevamente le susurro algo al oído a la anciana que le hizo llorar, sabía que era la señal que estaba esperando para reunirse con su esposo, y efectivamente, esa fue la última noche y sueño que tuvo.
Al día siguiente cuando a Joseph le dan la mala noticia, sale corriendo a casa de la anciana con la esperanza de encontrarla viva y radiante como siempre la había visto a pesar de su piel arrugada.
Para su sorpresa el vasto jardín se había secado, pues parece ser que esa noche una peste les cayó y la mayoría de ellas murieron, sentimiento que le hizo caer al suelo llorando desconsoladamente.
-Tranquilo- le susurra una voz que reconoció y que impactó con el viento su mejilla y oído, algo que si bien lo pudo haber asustado, más bien le calmó.
Joseph caminó hasta el taller para buscar algunas herramientas que iba a necesitar para lo que en su pensar había planeado. Sin embargo, quedó maravillado y una vez más sus lágrimas cayeron pero esta vez de alegría, pues aquella maceta que nunca había dado vida, de una frágil semilla nació la planta más hermosa nunca antes vista por sus ojos.
-Cuidala y cuidate pequeño Joseph- le susurra el viento por última vez.
Esa misma tarde, sin siquiera cambiar su ropa, Joseph se dispuso a salvar las plantas, transplantarlas a otras macetas y con ello prometió al viento desde su pensar, que sería quien cuidase aquel hermoso hogar de bellos colores y recuerdos.
Este y todos los post futuros están configurados para ser 100% Hive poder :)
Notas del autor: el relato es 100% original, al principio quería hacerlo un cuento con mismo mensaje que espero usted como lector pueda escudriñar, pero me dejé llevar por las letras y el pensar hasta convertirlo en una mezcla de ambas cosas, un relato y un cuento.
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