No sé qué punza más hondo en mi pecho: la verdad serena y clara, o el hecho grotesco e inmutable. La verdad es que, en un acto de cobardía o de piedad, ya los he perdonado. Pero el hecho… el hecho es que las personas que juraron amarme, las que tenían el deber de protegerme, permanecieron inmóviles. Se quedaron como estatuas de sal ante el espectáculo de mis heridas, aún abiertas y supurantes. Y con su silencio, dejaron impunes a las manos que me violaron, a los puños que me golpearon cuando era solo un niño, un ser indefenso que no podía ni siquiera gritar.
Ante esta verdad y este hecho, ¿cuál es el siguiente movimiento? ¿El acto final? La lógica mundana me grita "pasa la página, sigue adelante". Eso lo sé. Lo tengo claro en la parte racional de mi cerebro, la que aún funciona. La pregunta real, la que nace de las entrañas y quema como ácido, es otra: ¿debo salir al mundo a mendigar amor y protección de nuevos extraños, esperando que no me fallen como lo hicieron los míos? ¿O debo ser yo, finalmente, la fortaleza que nunca tuve? ¿Convertirme en mi propio padre, mi propia madre, mi propio guardián?
Es casi hilarante. Esta sensación de una madurez precoz y edulcorada, empapada en un dolor antiguo y una inocencia que fue asesinada pero que aún desde su tumba suplica justicia a gritos mudos. Me siento como un niño adulto, un espectro con cuerpo de casi hombre gritando incesantemente en un pasillo vacío "¡Mírame! ¡Ámame! ¡Elígeme!. Grito dirigido a fantasmas sordos, pero son los únicos fantasmas que conozco, los únicos que en la distorsión de mi realidad puedo ver, y su desatención es el único eco que me devuelve este mundo.
Podría contar las veces que me he sentido genuinamente protegido y amado y me sobrarían los dedos de una sola mano. No logro descifrarlos, ni siquiera intentando adoptar su perspectiva. O en realidad mi lucha no es entender sus motivos, sino distinguir si su quietud es una decisión consciente, un egoísmo tallado en piedra, o simplemente una falla neuronal, una estupidez orgánica e irreversible.
Y entonces me pregunto ¿seré yo el egoísta? ¿Lo soy por anhelar, con una sed que me devora, que me valoren? Por suplicarlo a gritos que me desgarran la garganta, de rodillas en el fango de mi propia necesidad implorando una migaja de atención que nunca llega.
Si acato las voces que susurran desde el abismo y me doy por vencido ¿quién sale victorioso? ¿Qué demonios me mantiene aquí anclado a este suplicio? ¿Son las ganas de vivir o es solo mi egoísmo corrupto, esa parte venenosa de mí que susurra "sufrirás tal como me hiciste sufrir a mí"? Escucho ese eco envenenado surgir de lo más profundo de mi ser y todo mi progreso se desmorona. Me cuestiono entonces si de verdad he avanzado un solo paso, o si solo soy un suicida en pausa, un egoísta que colecciona heridas para usarlas como munición en una guerra que solo existe en su propia mente fracturada.