Sé poco de poesía
o de literatura,
qué importa.
Pienso que un poema
debe comenzar con tu nombre.
En el segundo verso,
tu olor
llevará la esencia de un epigrama
como quien traduce
los ensayos del agnosticismo
que soportan las azucenas.
El tercer verso
estaría en tus ojos,
mejor aún,
en tu mirada,
que parece lo mismo
pero no se puede comparar
un libro de la Pizarnik
con las fardas de tu otra yo,
o incluso siquiera
la alternativa de no verte
con la pausa del tiempo
que sucede cuando uno
sencillamente vuela en silencio
pero diciéndolo todo al mirarte.
El cuarto verso
da igual sea el ochenta y siete
o tenga el número
de tu nueva casa que no conozco,
para mí
tendría los colores
del viento en tu voz.
Ya el quinto sería más largo,
como quien escribe
un verso alejandrino
y se toma la licencia
de extender los límites
que no encuentra
en las caricias de tu piel.
Aquí habría largas pausas,
suspiros,
redacción onomatopéyica
que no soy capaz de escribir,
o más bien,
no creo sea necesario.
Estará mi mano
agarrando tu cintura
y deslizándose por tu espalda
para comprobar
si eres un ángel.
El sexto verso
podría ser el noveno
para describir lo evidente,
pero no,
otra vez no.
En el sexto verso
limpio tus heridas
mientras me toca esperarte,
qué importa cuánto,
al final sé poco de poesía.
Si alguna vez escribo algún poema
terminará con tu nombre.
Post data:
Si alguna vez te preguntas
por el siete y el ocho...
No sé.
Nací en el setenta y ocho,
tú en el ochenta y siete.
La ilustración, el banner y el texto son de mi propiedad.