
El reloj la había asustado. Primero desconoció la alarma, luego aquellas sábanas grises seguidas las pinturas sobres las paredes y el cuarto en general... Todo le pareció absolutamente nuevo. Aquella era su habitación y su casa (lo supo por las fotos); sin embargo, nada le era familiar, ni siquiera su rostro en el espejo.
Por su mente cruzó una idea fugaz, tan fugaz que no alcanzó a saber nada de ella. La espió desde el fondo de su memoria, mimetizada en su entorno, como un gato negro cazando en mitad de la noche. Era así como se sentía: espiada por unos recuerdos que no se quería mostrar ante ella. Sabía que tenía recuerdos (era imposible que no los tuviera); los presentía como se presienten las cosas malignas y los demonios en las casas abandonadas… «Tal vez no deba recordar nada» se dijo buscando paz, pero el silencio de su cabeza le pareció mucho más aterrador que todo lo que no podía recordar. Así llegó frente a la computadora y colocó los dedos en esa posición que su mente no recordaba, pero que sus manos conocían por alguna causa.

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El tiempo se esfumaba de la circunferencia de los relojes. Cada giro era una oportunidad de descubrir algo, pero ¿qué? No sabía hacia dónde moverse, ni siquiera qué palabra podía teclear para avivar el verbo en su cabeza. Ya había recorrido todos los rincones de la casa, mirado fotos, leído los lomos de los libros en la estantería. Reviso cajones y armarios, husmeó entre cajas sintiéndose intrusa, pero nada llegó a su mente. Estaba completamente vacía. De nuevo cerro los ojos y pensó en el nombre de los diplomas sobre la pared y, otra vez, un tenue destello desapareció en su memoria. Solo podía verlos cuando se escurrían hacia algún lugar, tras algo imposible que los escondía de ella.
Maldijo con una palabra que no sabía si era una maldición. Retiró los dedos de las teclas como quien se aparta de un precipicio. Se levantó y caminó hasta la cocina. El orden que reinaba en el lugar la hizo dudar de la naturaleza de todo.
Cogió una olla con algún fin desconocido. La puso sobre el mesón, sin recordar su nombre, y luego sacó otra, y otra y otra. Así hizo hasta que todos los cajones quedaron vacíos y los cubiertos y platos llenaron la mesa, las sillas, el piso. Luego fue la alacena. Cereales, enlatados, harinas, granos… todo fue expuesto a sus ojos y los estantes quedaron tan vacíos como su cerebro. El refrigerador: abierto de par en par; el horno microondas: abierto y vacío, incluso la papelera… No lo entendía, pero nada tenía nombre. Su cabeza seguía tan blanca como en la mañana. Quizás más blanca que antes. ¡No sabía lo que pasaba, pero todo el caos era mudo!
Un sentimiento de terror la embargó. Se alejó de aquella habitación y al llegar al pasillo descubrió que nada era nombrable. No sabía que eran las paredes, no reconocía los colores, ni las texturas. Tuvo miedo de tocar el barandal de la escalera… El timbre del teléfono sobre una pequeña mesa la hizo huir del recinto.

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En la esquina más alejada de la casa, se agazapó lo más que pudo, aferrada a su pijama, entonces su cabeza mostro una amenaza. Fue más como una punzada que la hizo dudar de la tela. Muy pronto fue consciente que el pijama la tocaba toda. Se desnudo. Y ya desnuda observo su cuerpo. Primero sus manos: una terminación desconocida, de cinco fragmentos libres, largos; Independientes y, a la vez no. Quiso no tenerlos. Luego se vio los pechos, los alveolos de sus senos, sus piernas, sus genitales. Todo era raro, asqueroso, inquietante… Comenzó a agitarse. Respiraba cada vez más apresurada. Y cuando fue consciente que el aire no le pertenecía que era externo, trato no de no absorberlo. Pero se sentía morir. Entonces descubrió quien era el enemigo: el aire. No podía deshacerse de él. Se propuso no dejarlo entrar…
Colocó sus manos sobre la nariz, luego sobre el cuello y apretó hasta que dejó de respirar. Así la encontraron…