Fuente
"Saludos, comunidad de amantes y hacedores de letras. No me fue posible participar en el concurso " Crónicas Reales: Historias con nombre de mujer" atendiendo a la invitación - que agradezco - del amigo por falta de tiempo, sin embargo, la temática del concurso y la invitación me han motivado a compartir algunos esbozos de la mujer admirable en su sencillez y cotidianidad que fue mi madre" .
Nació Teresa de Jesús Tovar Aristigueta en la hacienda de cacao "Las Niñas" en Caucagua, Barlovento, "Tierra ardiente y del tambor", localidad de la costa venezolana caracterizada por tener una población mayoritariamente descendiente de los africanos que fueron raptados de su continente natal y disminuidos como esclavos en una tierra que aunque hizo desaparecer sus dialectos natales no logró hacer lo mismo con su música cuya presencia se mantiene fuerte aún en nuestros días.
Hija de José Isabel Tovar (catire oriundo de las Islas Canarias) y Gumersinda (Doña Gume) Aristigueta, descendientes de esclavos. Su casamiento se realizó teniendo José Isabel " más de 50 años" y Gumersinda sólo 14.
De esa unión nacieron ocho hijos y además José Isabel agregó una niña nacida de relación extramarital para hacer el número de nueve. Mi madre era la mayor.
En esa época, mi abuelo José Isabel era el administrador de la hacienda propiedad de un compadre suyo, un "gran cacao" como se llamaba a los potentados de la época.
Creció mi madre en un ambiente muy marcado por la disciplina impartida por la tía Cayetana, mujer férrea, solterona, quien castigaba fuertemente cualquier desliz que fuera contrario a las instrucciones impartidas.
Teresa conoció lo que era que por el terrible pecado de...¡comerse una mandarina! su tía le diera una paliza para luego llevarla a la cocina para que le aplicarán manteca con sal en las heridas sangrantes de sus piernitas.
Otras veces la penalización era por motivos más "merecedores" del castigo como el hecho de que su paso cerca de alguno de sus hermanitos era notorio y se manifestaba por un llanto infantil producido por un pellizco o un coscorronazo de su parte. También por su manía de llamar a sus hermanos por apodos que les desagradaban. A su hermanita, hija de diferente madre, quien llevaba el nombre de Justina, la hermana menor, Amanda, dificultándosele el pronunciar "Justina" la llamaba "Cachina" y, por una inspiración repentina, quizá por comentario avieso de algún adulto, comenzó a llamarla "Cacho"
A la visualización de esta forma diferente - pero efectiva - de decirle "cacho" respondía Justina con una nueva sesión de llanto que obligaba a la correa de la tía Cayetana a entrar en acción nuevamente.
Algo similar ocurría con su hermano Alejandro, "el Negro", y quién luego, con el correo de los años se convertiría en su hermano favorito: Él, en alguno de esos episodios de carreras jugando "gárgaro malojo", se había resbalado cayendo sobre una cerca de alambre de púas y los rasguños faciales habían deja su marca en cachetes y frente. Acá el apodo indeseable era "¡Rasguña'o!" y la mímica "perpetrada" desde la silla muy fácil: simplemente encorvar los dedos y moverlos de arriba a abajo de las mejillas como si de rastrillos se tratara.
De esa época me contaba mamá que había conocido un primo ya viejo que tenía en los tobillos la marca de los grilletes de cuando había sido esclavo.
Había también otro primo, bromista, a quien le servían el plato súper alto de comida porque era muy "comelón" y él exclamaba entonces "¡Esto está más grande que la torre ande Caucagua, pero ya lo voy a rem - ban - já!"
Tenía mamá sus dos abuelas con vida en ese entonces. Su abuela materna era una india de muy corta estatura, el cabello lacio le llegaba a los tobillos. Su nombre era Salomé y según mamá "era más buena que un pedazo de pan".
Otra era la historia de la abuela materna, la abuela Damiana, mujer recia de carácter fuerte. Trabajaba "lavando ajeno". Pero no la imagen gg inen haciendo funcionar una lavadora - avance tecnológico que aún no se inventaba -, o doblada en una batea de cemento. La abuela lavaba - como todas las mujeres de la época y del lugar - en el río, sobre las piedras.
Los hombres usaban en ese tiempo las camisas blancas, de manga larga, con cuellos y puños almudonados. Se les aplicaba el polvo de almidón de yuca al momento de enjuagar las y al secarse quedaban duros, tiesos, cuellos y puños. Era la "moda elegante" de la época.
Luego de tener la ropa seca venía él proceso de planchado con unas planchas de hierro que llamaban "planchas de carbón". Se ponían a calentar sobre el fuego, luego e les limpiaba muy bien el infaltable de tizne antes de proceder a planchar las piezas.
Era un trabajo arduo. Una vez la abuela Damiana llevó a entregar un paquete de ropa ya lista. El mismo incluía sábanas y camisas de caballero.El cliente dijo que no le iba a pagar y ella enfureció.
No podía llevarse la ropa, porque era ajena, pero sentía que tampoco podía entregárselas "lavada, almidonada y planchada de gratis".
Así que lo que hizo fue colocar el paquete en el piso de tierra, le orinò arriba, lo pisoteó y se fue. Contratarían a otra lavandera, seguramente, y tendrían que pagar más de lo que le hubieran pagado a ella porque el trabajo sería lavar una ropa orinada y llena de barro.
Hasta acá estos primeros apuntes sobre la vida de mi madre. Espero que ue agra a quienes lo lean, lectura que agradezco.
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