Foto propia tomada con celular Vtelca
La piragua se acercaba a la orilla lentamente y el maestro Porfirio pudo recorrer a sus anchas el rostro de los vecinos del caserío de Turisupi que venían a darle la bienvenida. Dos adolescentes sostenían en alto una larga y ancha tela en la que se podía leer en letras azules muy grandes (Un poco chorreada la pintura): BIENVENIDO, MAESTRO, BIENVENIDO.
Le causó gracia la repetición inusual de la palabra “Bienvenido”. Observó el pequeño grupo de los que serían sus estudiantes, con sus uniformes de camisas muy limpias y pantalón de bluejean en los varones y faldas plisadas azul marino en las niñas.
Tal como le habían escrito eran solo diez niños de diversas edades, no había faltado ninguno. Estaban allí Jesús, Leo, Dailín, Estefanía, Juancho, Camila, Yonaiker, Yoander, Cristian y Jonatán. Sus representantes, unos cuantos curiosos, la encargada del Grupo Escolar El Onoto (la Srta. Marta). quien forzaba una sonrisa para recibirlo pero no las tenía todas consigo, pues pensaba que este maestro llegado de la capital debería tener una mayor preparación que ella y, de seguro, también contactos en el Ministerio y tal vez en el momento menos pensado le “serrucharía el piso” quedando él como director y ella volviendo al aula como docente. El recién llegado le pareció antipatiquísimo y creído, pero se adelantó, como correspondía, a recibirlo antes que todos y dio la señal para que allí mismo, en la orilla del río, comenzaran los niños a cantar a voz en cuello y con melodía desafinada esta canción tomada de la enciclopedia de primer grado:
Querido maestro, sabio preceptor
que el Cielo os bendiga por vuestra labor
mi corazoncito hacia el bien guiáis
y mi inteligencia siempre ilumináis
y son vuestras luces, luces del saber
qué buenos y sabios nos habráis de hacer.
Después de mis padres siempre os amaré
seréis el modelo que yo imitaré
La última parte, la del inspirador “imitaré“ no llegó a escucharse, ya que Leo, quien con sus cinco años era el menor de los estudiantes, tratando de atrapar una mariposa que se había posado sobre la pancarta, al intentar alcanzarla con un salto se resbaló en el fangoso suelo producto del aguacero de la noche anterior y cayó contra la misma, arrastrando en su caída a Estefanía y Jesús que la sujetaban, salpicando de barro al resto de los chicos que estaban detrás “en perfecta formación“. Leo fue arrastrado hasta su casa tomado por una oreja por Angi después de la reprimenda y los dos chancletazos recibidos, llorando “a grito pelado“ y esta pareció ser la señal para dar por terminado el acto cultural. Un brevísimo saludo de parte de cada uno al nuevo maestro que, siendo viernes, contaba con sábado y domingo para recorrer el pueblo, instalarse en la que sería su casa de ahora en adelante y preparar las clases que le correspondería dar el lunes con los chicos repartidos en seis grupos de un grado diferente cada uno pero todos en la misma aula: En primer grado estaban Leo y Camila, , el segundo grado agrupaba a Cristian y Jonatán, en tercero estaban Jesús y Dailín, cuarto grado tenía una sola alumna: Estefanía, Juancho era el único alumno de quinto grado mientras que Yonaiker y Yoander – los “grandulones”- cursarían el sexto grado. Estos dos chicos parecía que hubieran hecho una competencia para crecer, eran ambos flacos y altos como un silbido.
Durante todo el día y parte de la noche de lo único que se hablaba en el caserío era de la llegada del maestro Porfirio y quien no le había podido ir a ver al río ya se había planificado para apostarse frente a la escuela el lunes a la hora de la salida para “verle la carátula”
Turisupi era un caserío de gente tranquila y este fue el único acontecimiento memorable de ese día.
Ese lunes de la primera clase el maestro Porfirio había sentado las bases de cómo se trabajaría, cuales serían las normas de disciplina a seguir, se entrevistó con los padres de cada chico y al final, con ellos propiamente dicho estuvo solo una media hora. Les anunció que al día siguiente les haría una prueba de exploración de conocimientos a ver qué sabían realmente y qué les faltaba por aprender del grado en el que se encontraban.
Esto lo hizo el martes y quedó bastante preocupado pues detectó que, en realidad, si por conocimiento era, debería tenerlo sólo en primero y segundo grado. Los de cuarto, quinto y sexto estaban apenas iniciados en la lectura, sólo sumaban y restaban, ni idea acerca de multiplicaciones y divisiones.
Nulos los conocimientos básicos de la geografía e historia patria y ya no quiso seguir explorando.
Los de primero, segundo y tercero, directamente no sabían leer, y, aunque los de tercero le habían dicho con orgullo que sabían copiar del pizarrón muy bien, se encontró con que al copiar no sabían lo que decía lo copiado.
Así que se propuso, ante todo, lograr que todos leyeran perfectamente para luego, contando ya con esta herramienta, emprenderla con los otros conocimientos básicos que necesitaban. Les mandó notas a los representantes, escritas en el cuaderno de cada niño, informándoles de esto, notas que se quedaron sin ver porque los padres no sabían leer y a los niños les dio vergüenza decirle.
El miércoles comenzó poniendo a todo el salón a identificar las vocales, los compartió en dos equipos y les ideó un juego que les mantuvo activos y entretenidos. Al llegar la hora de la salida, no había uno que confundiera la "a" con la "o" y llegaron a sus casas con la idea de que la escuela era un lugar muy divertido. Esta apreciación hizo fruncir el entrecejo a sus representantes y pronto se corrió la voz en el caserío que este nuevo maestro era un desordenado pues todos sabían que “la letra con sangre entra”y esto de que los muchachos la pasaran jugando en la escuela era por lo menos sospechoso. Además, qué era eso de separarlos en dos grupos cuando los grupos debían ser seis, cada uno de su grado respectivo. Llegaron a la conclusión de que el maestro era un flojo, que para evitar dar las seis clases que le correspondía por día por ser seis grados estaba dando solo dos clases y pretendiendo “cobrar completo al Ministerio”.
Los comentarios de descontento llegaron a oídos de una satisfecha Srta. Marta que pensó que la ida del maestro de seguro sería solo cuestión de tiempo.