Pude ver su rostro una sola vez. De aquellos labios ámbar sobresalían dos colmillos. Mire fijamente esos ojos, en tanto devoraba el cuello de mi amada. El eco de los suspiros palpita en la habitación, donde un día elegimos vivir. La edad dorada del mundo jamás paso por esos ojos, que brillaban como el terciopelo. Acá en la soledad de mis latidos, leo las delgadas líneas sobre el boceto del vampiro de Pollidori, una especie de crónica real y monstruosa. Ese romanticismo ascético muerde mi alma. mi amada, solo es una figura nocturna del deseo, que esta noche acostado encima del terciopelo de mi biblioteca, donde reposa mi consciencia, sueño con esos ojos que transitan en la muda sonda de la inmortalidad de las páginas y el eco de su nombre, perfora mi alma una noche gris de inapetencia. Puedo perderme en instantes bajo las líneas de la narración, conseguir amueblar mis latidos con la intención de cerrar la página. Pero no debo engañarme, en algún lugar. La gente tiembla por el nombre este ser, leí el diario de Jonathan Harker. Me sentía huido entre las palabras, ese olor placido de necesidad animal que raya en lo sublime. El miedo puede pasar después, cuando la página caiga sobre la esfera de tiempo. Una noche para recordar, una noche donde la sintonía del mundo se llena de sangre entre líneas. La voz del vampiro, sigue ahí flotando en forma oblicua, no le teme a la muerte, no le teme a la vida. Solo le teme al olvido y a la página roída por el estigma de la vida. Trato de ser fuerte y me levanto del letargo de las palabras y medito sobre la inmortalidad de estos seres en la dinastía de Vlad, siempre por una amada, siempre por la decisión de no ser parte de nuestras horas. Tomo el último sorbo de vino que duerme en la mesa junto al libro de Stoker, meditando el eco de esas voces perennes que no morirán en el susurro de la existencia.
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