En la oscuridad del silencio
—¡Déjenlo ahí! el catre lo puede aguantar, —lo dijo con el rostro inmóvil, sin muestras de lágrimas, ni de dolor. Cuatro hombres lo colocaron con cuidado en el camastro, luego se retiraron en silencio. —¡Qué se retiren todos, el viejo se queda conmigo!
Afuera del rancho, una veintena de parroquianos esperaba la hora del entierro, el viejo cura escuchó sin inmutarse, discutir era un esfuerzo inútil.
—No merecía morir, pero le llegó la hora. Así son los hechos de Dios. Ella tomó una decisión que no es muy cristiana, que Dios la perdone.
Todos bajaron el sombrero, mientras dejaban escapar un amén que se esparció por todos lados, luego siguieron al cura en una marcha lenta y silenciosa hacia el poblado.
—Mamá, tengo que irme, —dijo el hijo mayor, llamado Santocristo, — vendré todos los días hasta que la vida así lo permita.
—Vaya tranquilo hijo, aquí estaré para echarle la bendición.
—Todos en el pueblo venían por sus consejos, creían en él mamá, nadie se iba sin tener una solución en sus manos.
—Mamá, yo también tengo que irme, —dijo su hija Sagrarios, —vivo muy lejos y los niños quedaron con el hermano mayor.
La miró sin mostrar ningún gesto, le habló sin mirarla.
—Espero que no te olvides de tu padre, el desapego no es bueno, el viejo te amaba a su manera. Hay decisiones que solo traen desdicha.
—Lo sé mamá, ya no importa...
—Ahora está muerto, cierto, ya no importa, puedes irte...
—¡Volveré mamá!...
—Yo estaré aquí todos los días mamá... —dijo Santocristo, —¡Por diosito santo que sí!
— Después del enfrentamiento con la familia Pedrique Salvatierra, vinieron los cambios; ellos pensaban que todos éramos sus sirvientes y el viejo levantó al pueblo, muchos cayeron, pero ya no hubo más miedo, fue un día terrible... ahora la vida va a cambiar… y mucho.
Santocristo, dio media vuelta y tomó el camino a su casa, su hermana ya se había adelantado.
La madre se quedó un rato con la mirada en el horizonte, luego entró y fue a sentarse al lado del catre. Le cerró los ojos, el viejo parecía dormir, con la punta de los dedos fue apagando las velas.
—Ahora viejo, estamos en la oscuridad, así es más fácil hablar... Nuestro hijo, Santocristo prometió venir cada día; Sagrario a lo mejor venga, quién sabe...
Viejo, cuidare de ti como siempre, te quitaré ese olor a zamuro, cambiaré tus trapos.
Del pueblo, ya no van a venir, como no puedes hablar, ¿qué le vas a decir? les toca enfrentar su destino, cada quien con su responsabilidad.
¿Te acuerdas de Marita? Ella fue la última que vino, estaba algo desesperada, no pudiste hablar con ella, le dije que ya no era posible, que tú no podías hablar y fue como si se escapara el alma por su mirada, ahora vaga sin rumbo, perdió la voz, la alegría... Se quedó sin destino, pobre muchacha.
¡Sabes una cosa, Viejo! Estoy dispuesta a perderme en tu silencio, en tu quietud. Cuando venga Santocristo en la mañana, que solo oiga al viento. Verá que la casa respira. Él cumplirá su promesa.
Ya este pueblo no es el mismo Viejo, contigo se fue la vida, en unos días los fantasmas habitarán el rancho. El único hijo que dijo que vendría, es Santocristo, sé que lo hará, él es como tú, seguro no va querer mirarnos, yo lo entiendo...
No le diré nada... ya... él oirá el ulular de la muerte.
Imagen creada con la inteligencia artificial "Leonardo.ai" y editada con PhotoScape.