Las máscaras que soy
Había caminado demasiado, así que me detuve unos instantes mientras miraba el callejón que tenía enfrente, dejé la bolsa a un lado. Será como volver a comenzar, ya debe haber pasado suficiente tiempo, otras máscaras esperan.
¿Cuántos hombres he sido? Tal vez uno y muchas mujeres. Necesitaba ser quien fui en mis orígenes.
— Su madre dijo que le habían cambiado al muchacho, se aprovecharon de la fiesta, ella estaba ebria y ni siquiera sintió dolor, el llanto es lo único que le quedó de recuerdo y una máscara de hule que dejó caer entre la risa. Por eso te dejó en brazos de esta enfermera solitaria.
Aquel carnaval todos bailaron como siempre y aquella máscara que había quedado en mi cuna, la enfermera la guardó para mí y esa fue la representación del rostro de mi madre que yo convertí en múltiples mujeres.
Más tarde cuando la euforia del carnaval era solo rostros de hule en cuerpos perdidos en el vacío. Cuando la mente era una suerte fácil para el mejor postor, simple libertinaje, solo eso.
Así llegaban los recuerdos adquiridos, en medio de aquel desequilibrio la máscara ya tenía un solo rostro.
Así fue el principio de la búsqueda, la enfermera que la atendió fue la que me crio y la relatora de aquellas excentricidades y como llevaba una vida irresponsable.
Me hice cultor de máscaras y mi obsesión era el rostro de mi madre. Cada noche me convertía en una mujer distinta buscando el recuerdo perdido. Nadie me daba señales de aquella mujer que extravió a su hijo, ni de aquel carnaval desafortunado cuando un niño fue abandonado.
Por eso me inventé todos los disfraces necesarios como una morena voluptuosa y al acercarse las fiestas de carnaval era todas las mujeres que podía ser.
Lo que sucedió más adelante cambió todo, quizá fue la rabia de no saber, de no encontrarla; pero cuando la música y el baile entraban como una droga, todo adquiría otra dimensión. Perdía la noción en ese éxtasis, recordaba a mi madre desaforada por las fiestas.
La rabia de saberla perdida adquiría otras formas, un rostro que podía ser muchos otros caían bajo el efecto de la venganza y alguien se perdía en la profundidad de la noche.
Luego me iba y en algún lugar solitario cada rostro mostrado terminaba en una fogata y de nuevo la pregunta: ¿y si no era ella? La búsqueda continuaba.
Llegó de nuevo el carnaval y el frenesí del baile adquiría otras facetas, aquellas máscaras parecían haberme poseído, la gente gritaba a mi alrededor, querían tocarme sentir el cuerpo ardiente, aparecieron otras negritas y todas se movían como carne sedienta de sexo. Se hizo un círculo para admirar las destrezas de los movimientos que yo había perfeccionado.
Una negra se me acercó tanto que casi respiramos juntos y pude ver el fondo de aquellos ojos, tenía que ser ella y fue como el efecto de una paranoia, sentí que volaba, ella quizá vio su verdad pérdida y quiso huir, pero la obligué a mirar y pude ver en sus labios la palabra: ¡hijo!
Le arranqué la máscara y sí, era ella frente a su hijo perdido. ¡Mírame bien es lo último que verán tus ojos! La hoja filosa despertó el miedo y paralizó su aliento. Era el corte definitivo del lazo umbilical. Cuando la dejé caer, el cielo estaba llenó de bengalas, esto paró la histeria por unos minutos, tiempo suficiente para salir de allí y dejar por terminada la búsqueda.
Los gritos de auxilio se confundieron con los tambores, los timbales y las trompetas. Los policías que escucharon el alboroto venían corriendo, pasaron por mi lado sin poder verme. La negra que fui, entró toda en un bolso.
Al volver al lugar era solo un espectador más que pudo ver su rostro contraído gritando: ¡Hijo! ¡Hijo!
Tiré el bolso al callejón y encendí la maleza.
Ahora, ¿cuál será mi siguiente máscara?