El verdadero lenguaje no está en la voz, sino en el alma que sabe expresarse.
El idioma de las estrellas.
Las estrellas sobre Maracaibo no titilan como en los cuentos de mi abuela. Aquí, el cielo es una nube de polvo con gotas de petróleo, que ahogan las luces de la ciudad debido a la cercanía a las industrias que bordean las riberas del lago, mostrando sus enormes refinerías. Pero yo las veo. Las siento. En mis sueños, las estrellas hablan. Y yo las entiendo.
Hola, soy Luis, cumplí hace pocos 11 años y nací en estas calurosas tierras. Tengo el cabello oscuro y revuelto, como si el viento lo hubiera peinado a su antojo. Dicen que mis ojos son grandes y luminosos y tal vez sea cierto, pero son mis ventanas a un mundo silencioso. Porque soy sordo-mudo.
Cada gesto de las manos se convierte en un puente para los demás. Con ellas, trazo palabras invisibles en el aire con dedos ágiles y expresivos que desafían el vacío del sonido. Con mi rostro trato de mantenerme concentrado para que cada seña se convierta en un destello de luz al comunicarme.
Mi tía Teresa, dice que el cielo es un mapa, que cada estrella es una palabra en un idioma que solo los soñadores pueden leer. Claro, ella me lo dice con sus manos, dibujando constelaciones en el aire. Yo le respondo de igual manera, porque las palabras habladas se me escapan como agua entre los dedos.
Hoy, en la escuela se corrió un rumor, la directora dijo que van a cerrar el programa de educación especial.
—Ya no tenemos recursos— explicó, mientras sus labios gesticulaban otras palabras que no pude entender.
Todos mis compañeritos con diferentes discapacidades, nos miramos. Vi lágrimas en algunos de ellos. Otros golpearon con rabia los pupitres. Pero yo, solo apreté mis manos ya que es difícil gritar cuando ni siquiera se tiene el sonido para hacerlo.
La directora nos observaba desde lejos, cruzada de brazos, con el ceño fruncido. Al principio, su mirada parecía impaciente, como si esperara que nos cansáramos y volviéramos a las aulas vacías. Pero con el pasar de las horas, su expresión cambió. Veía nuestras manos moverse en el aire, sentía el peso del silencio que llenaba el patio. Caminó lentamente entre nosotros, como si buscara comprender lo que ocurría.
Casi culminando la jornada, la directora se me acercó y me preguntó:
— ¿Qué quieren? —*
Cuando cayó la noche, tras comer mandocas y café con leche, la tía Teresa y yo nos fuimos a sentar en el patio de la casa. Ahí nos esperaban unas banquetas de madera, con ellas disfrutamos del silencio que llegaba con la noche mientras mirábamos las estrellas. Fue un momento de conexión, donde las palabras no eran necesarias.
Desde ese momento, entendimos que la lucha no se detiene y menos con silencio. Mi tía y yo, sonreímos por un largo rato.
Gracias por leer. Hasta la próxima.
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English Version
The true language is not in the voice, but in the soul that knows how to express itself.
The Language of the Stars.
The stars over Maracaibo don’t twinkle like in my grandmother’s stories. Here, the sky is a cloud of dust with drops of oil that suffocate the city lights due to the nearby industries lining the lake’s edge, with their massive refineries. But I see them. I feel them. In my dreams, the stars speak. And I understand them.
Hi, I’m Luis. I just turned 11 and I was born in this hot land. My hair is dark and messy, as if the wind had styled it at will. They say my eyes are big and bright and maybe it’s true, but they are my windows to a silent world. Because I’m deaf and mute.
Every hand gesture becomes a bridge for others. With them, I trace invisible words in the air with agile and expressive fingers that defy the emptiness of sound. With my face, I try to stay focused so that each sign becomes a spark of light when I communicate.
My aunt Teresa says the sky is a map, that each star is a word in a language only dreamers can read. Of course, she tells me this with her hands, drawing constellations in the air. I reply the same way, because spoken words slip away like water through my fingers.
Today, at school, a rumor spread: the principal said they’re going to shut down the special education program.
—We no longer have the resources— she explained, while her lips mouthed other words I couldn’t understand.
All of my classmates with various disabilities looked at each other. I saw tears in some. Others pounded the desks in anger. But I only clenched my hands because it’s hard to scream when you don’t even have the sound to do it.
The principal watched us from a distance, arms crossed, frowning. At first, her gaze seemed impatient, as if she was waiting for us to give up and return to the empty classrooms. But as the hours passed, her expression changed. She saw our hands move in the air, felt the weight of the silence filling the yard. She walked slowly among us, as if trying to understand what was happening.
As the day neared its end, the principal approached me and asked:
—What do you want?—
When night fell, after eating mandocas and having coffee with milk, Aunt Teresa and I went to sit in the backyard. There, wooden stools awaited us, and we enjoyed the silence that came with the night while we looked at the stars. It was a moment of connection, where words were not needed.
From that moment, we understood that the fight doesn’t stop—especially not with silence. My aunt and I smiled for a long time.
Thank you for reading. Until next time.