“El que nace en otro planeta, le toca trabajar el doble pa’ que no lo descubran… por eso, comer empanadas de cazón es parte del camuflaje.”
Saludos a todos. Esta historia fue escrita especialmente para participar en el concurso de ciencia ficción propuesto por la comunidad #Literatos, titulado “Llegaron los marcianos”, donde la imaginación aterriza en nuestras propias calles. Crónicas de un marciano de barrio es un homenaje a esa mezcla hermosa entre lo cotidiano y lo imposible, donde hasta un marciano puede sentirse de Cabimas… si sabe pedir su empanada con cazón.
Invito a todos aquellos que deseen adentrarse en este mundo de la escritura y participar en esta excelente iniciativa a hacer clic en el siguiente enlace: Click aquí
Crónicas de un marciano de barrio
Dicen en el barrio que yo no soy normal. Que camino muy derechito, que no sudo como el resto, que tengo la mirada como perdida y no le echo salsa rosada a la empanada. Que si no será que estoy “endemoniado” o que nací en otro planeta. Y lo que me da risa es que, si supieran, no están tan equivocados.
La verdad es que sí somos de otro planeta. No de Marte como dicen, sino de Matribelium, ubicada a años luz, en la galaxia de Génova, para ser exacto. Llegué con mis papás cuando apenas era un bebé, hace más de treinta años, cuando Cabimas todavía tenía petróleo que salía solo y no apagones cada dos horas.
Nos vinimos en una nave completamente plateada, camuflada como antena parabólica. Pequeña, pero suficiente para traernos desde muy lejos a esta tierra donde el aire huele a fritura, a gasolina caliente y a esperanza vieja. Mis padres decidieron quedarse porque se enamoraron del calor, del bullicio, y de ese invento glorioso que es la empanada de cazón.
Desde carajito me enseñaron a parecer humano: a hablar como zuliano, a sudar aunque no hiciera falta, a no decir cosas raras como —saludos desde el Cuadrante 4.— Me enseñaron a rayar mango verde para comerlo con sal, a esquivar motorizados, a gritar —¡se fueee!— cuando se iba la luz.
Papá aprendió a vender cepillados de tamarindo con leche condensada en la plaza Bolívar, y mamá se volvió experta friendo empanadas en la entrada de la casa, justo donde pega más el sol. Según ella, eso es —lo que hace la gente normal.—
Y sí, al principio me costó. El calor era brutal. Allá arriba no tenemos sudor; usamos regulación por microvibración osmótica, pero eso aquí no sirve. Me hervían las axilas y se me despegaban las orejas postizas. Pero con el tiempo me fui adaptando. Hasta que un día me descubrí cantando gaita zuliana con sentimiento. Ahí supe que ya era de aquí.
Hoy en la mañana, mientras ayudaba a mamá con las empanadas —el cazón soltaba ese olorcito entre salado y gloria que solo se consigue en fogón de gas robado—, me dio por pensar que tal vez los verdaderos marcianos son los que no entienden esta tierra. Los que ven lo duro que es vivir aquí y se siguen quejando. Nosotros, en cambio, ya tenemos el calor metido en la sangre. Verde, sí… pero sangre al fin.
A veces me siento tan normal que se me olvida quién soy. Hasta que pasa lo de hoy.
Mientras fregaba la olla en el ramal trasero de la casa, un vecino se me acercó, serio:
—¿Vos sabéis que anoche vieron una luz rara en el cielo? Como una nave, loco. Y juran que bajó justo sobre tu techo.—
Le sonreí. Le dije que seguro fue un dron, o un apagón con efectos especiales. Pero cuando se fue, bajé corriendo al sótano, donde tenemos guardada la cápsula.
Estaba abierta. Y dentro, solo una nota pegada al asiento:
“Nos descubrieron. Activa el protocolo. Que no se note nada.”
Apagué las luces. Cerré la puerta. Me miré las manos.
Y sin pensarlo, dejé que volviera mi verdadera piel.
No había más tiempo para fingir.
Gracias por leer. Hasta la próxima.
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English Version
“If you're born on another planet, you have to work twice as hard not to be discovered... that's why eating shark empanadas is part of the camouflage.”
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Chronicles of a Neighborhood Martian
Thanks for reading. Until next time.