"Las cicatrices de una madre son su legado, pues dicen más que mil palabras."
Legados. Las voces que nos hicieron.
Gracias a Dios pude regresar a la casa de abuela un mediodía con el calor insoportable del lugar. El asfalto casi derretido y el zumbido de los mosquitos me dieron la bienvenida. Se los digo sin exagerar: todo sucedió antes de que pudiera atravesar el portón de hierro, que no se quería mover, como si estuviera atascado en el pasado.
Su casa sigue en pie, aunque debería haberse derrumbado hace años. Las paredes estaban desconchadas y bastantes rajadas. Pero, todo lo veo igual y, al mismo tiempo, diferente.
Las hamacas colgadas en el corredor, el aroma espeso a café recién colado con mandocas rellenas de plátano con queso. Ahí se encontraba ella, mi abuela Mercedes, convertida en un espectro de sí misma, más hueso que carne, más sombra que luz, la vía diminuta en su sillón de mimbre con la misma mirada desafiante de siempre.
—Pensé que no vendrías, niña —fue lo primero que dijo, sin siquiera levantar la vista.
Mercedes era de esas mujeres a las que la vida nunca les dio tregua. Se crio en los cañaverales del estado Yaracuy, donde el sol le quemó la piel y las cicatrices de la pobreza se le marcaron en los huesos. No tuvo infancia, solo trabajo y miedo. Aprendió a leer a escondidas, a escribir con las uñas llenas de tierra y a no llorar cuando su padre la golpeaba porque "las lágrimas son para los débiles".
Las tardes con ella transcurrían entre tazas de guayoyos y relatos de otros tiempos, de mujeres que tejían su destino con hilos de sacrificio. Me hablaba de mi bisabuela, que vendía empanadas en la plaza antes de que el sol saliera a tocar el cielo. De su propia lucha para educarse cuando a las mujeres se les permitía apenas aprender a sumar para que no las engañaran en el mercado. De su amor prohibido con un hombre que nunca fue mi abuelo y del hijo que perdió en una noche de fiebre, entre rezos y velas derretidas.
A medida que escuchaba su voz gastada, sentía que su historia no era solo suya, sino de todas las mujeres de nuestra familia. Eran historias que me atrapaban como un conjuro, así que comencé a escribir. Al principio, lo hacía en un cuaderno deshojado. Pero luego, le di mayor importancia y comencé a plasmarlo seriamente en otra libreta bien organizada, por lo que ya no podía detenerme.
Una tarde, cuando la brisa caliente llegaba con olor a mango, mi abuela me miró con esa seriedad que solo usaba cuando algo importante quería decir, eso me paralizó la sangre.
—Sofía, hay algo que nunca te dijeron…—dijo mientras arrastraba su sillón para lanzarse a él.
Su voz tembló, pero no se quebró. Me lo soltó sin rodeos, como quien arranca una espina clavada demasiado hondo.
—Tu madre no murió en un accidente. Se quitó la vida. —Dejó un silencio que dolía en el ambiente.
La casa entera pareció contener la respiración. Sentí cómo el suelo bajo mis pies se volvía blando, como si de repente estuviera hundiéndome en la tierra caliente de ese patio donde mi madre había tomado su última decisión.
—¿Por qué me lo ocultaron? — pregunté.
—Porque a veces el silencio nos protege… pero ya es hora de que sepas la verdad. — Asimilar la noticia no fue fácil.
Esa noche, no pude dormir. La imagen de mi madre, de mi abuela, de todas las mujeres que nos precedieron, se mezcló en mi mente como un torbellino. Y entendí que debía contar sus historias. No para recordar el dolor, sino para honrar la resistencia que cada una llevó a cuestas.
El libro nació de esas noches de insomnio. Y cuando lo publiqué, la abuela ya no estaba. Pero en cada página escrita, en cada palabra que me legó, su voz sigue viva.
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Gracias por su visita y leer. Hasta la próxima.
English Version
"A mother's scars are her legacy, for they speak louder than a thousand words."
Legacies. The voices that made us.
Thank God I was able to return to Grandma's house at midday, under the unbearable heat of the place. The almost-melting asphalt and the buzzing mosquitoes welcomed me. I tell you without exaggeration: it all happened before I could even cross the iron gate, which refused to move, as if stuck in the past.