Las hermanas Rojas llegaron como siempre a las 5:30 de la mañana para acomodar todo lo del puesto de verdura. Este negocio había sido por años propiedad de sus abuelos, luego de sus padres y ahora las tres hermanas estaban al frente de él. Si bien es cierto que no eran de contextura fuerte, estas mujeres habían aprendido a cargar sacos desde jóvenes y tenían una técnica envidiada hasta por los hombres más corpulentos.
Renata era la mayor de las hermanas; para todo tenía una respuesta y parecía desconocer las palabras amables y educadas. Rosalía era la del medio, de poco hablar, pero siempre tenía el ceño fruncido, como si algo en el mundo le molestara; la menor era Jimena, obediente a sus hermanas mayores, la más bonita y cariñosa de las tres.
Un día, a eso de las 8 de la mañana, cuando ya comenzaban los compradores a llegar al negocio de las hermanas Rojas, se acercaron tres forasteros a Renata; estaban perfumados y bien vestidos, saludaron como si la conocieran de años.
Renata enseguida les preguntó:
—¿Y a qué se debe tanta confianza de los caballeros hacia mi persona?
El más hablador de todos le respondió:
—Prima, ¿usted no se acuerda de nosotros? Caramba, no creo que se hayan olvidado todas de los hijos de Silvino Rojas.
Rosalía y Jimena se miraron de reojo y se hicieron un gesto de desconfianza.
—¿Silvino Rojas, mi tío? —preguntó Renata. —Sí, el mismo, nosotros somos sus hijos y venimos desde Yaguaraparo para pedirles una ayuda para él, que está en cama con un ACV que le dio la semana pasada.
—Ah, caramba, pobre tío —dijo Renata—. Bueno, ahorita estamos trabajando y aquí no tenemos dinero, pero vengan mañana que le vamos a conseguir una plata y una comida para el tío.
Los hombres se despidieron de las hermanas Rojas y estas siguieron trabajando.
Al día siguiente, llegaron los tres caballeros al puesto de verdura de las Rojas y Renata nada más al verlos gritó con toda su fuerza:
Así que ustedes son los hijos de tío Silvino, bueno, vayan a llevarles flores para el cementerio, cuerdas de bandidos.
Los caballeros no tuvieron tiempo de reaccionar, y en pocos segundos, tenían encima de ellos a las hermanas Rojas, dándoles puños y patadas por todo el cuerpo; hasta "Tiburón", el perro mestizo de las Rojas, agarró con furia a uno de los forasteros por las nalgas y lo hizo llorar de dolor.
Desde ese momento, las hermanas Rojas se ganaron la fama de mujeres bravas y sagaces; hasta Gumersindo, que estaba enamorado de Jimena, comenzó a ver para otro lado, porque Renata lo podía matar si enamoraba a su hermanita menor. Ahora, cuando alguien llega al pueblo queriendo hacerse pasar por simpático, los vecinos dicen entre risas: "Aquí podrás engañar a todo el mundo, menos a las Rojas, y ten cuidado con 'Tiburón', que anda siempre con los colmillos afilados buscando una nalga que morder".
Gracias por su lectura
La obra que ha inspirado este relato se titula "La reyerta popular" (S/f) y su autor es el pintor colombiano Ramón Torres Méndez.
The Rojas sisters arrived as usual at 5:30 in the morning to set up their vegetable stand. This business had been owned for years by their grandparents, then by their parents, and now the three sisters were running it. While it was true they weren't particularly strong, these women had learned to carry sacks from a young age and possessed a technique envied by even the most robust men.
Renata was the eldest sister; she had an answer for everything and seemed unfamiliar with kind and polite words. Rosalía was the middle sister, quiet, but always had a furrowed brow, as if something in the world bothered her; The youngest was Jimena, obedient to her older sisters, the prettiest and most affectionate of the three.
One day, around 8 in the morning, when customers were beginning to arrive at the Rojas sisters' shop, three strangers approached Renata; they were perfumed and well-dressed, and greeted her as if they had known her for years.
Renata immediately asked them:
"And why are you gentlemen so familiar with me?"
The most talkative of them all replied:
"Cousin, don't you remember us? Goodness, I don't think you've all forgotten Silvino Rojas's children."
Rosalía and Jimena glanced at each other suspiciously.
"Silvino Rojas, my uncle?" Renata asked. “Yes, the same one. We are his sons, and we came from Yaguaraparo to ask for your help for him. He’s bedridden with a stroke he had last week.”
“Oh, my goodness, poor uncle,” said Renata. “Well, we’re working right now, and we don’t have any money here, but come back tomorrow, and we’ll get some money and food for uncle.”
The men said goodbye to the Rojas sisters, and they continued working.
The next day, the three men arrived at the Rojas sisters’ vegetable stand, and as soon as Renata saw them, she shouted at the top of her lungs:
“So you’re Uncle Silvino’s sons? Well, go take some flowers to his grave, you bunch of bandits.”
The men didn’t have time to react, and in a few seconds, the Rojas sisters were on top of them, punching and kicking them all over their bodies. Even "Tiburón," the Rojas' mixed-breed dog, grabbed one of the strangers by the buttocks with fury, making him cry out in pain.
From that moment on, the Rojas sisters gained a reputation as fierce and shrewd women; even Gumersindo, who was in love with Jimena, began to look elsewhere, because Renata could kill him if he fell for her younger sister. Now, when someone arrives in town trying to be charming, the neighbors say, laughing: "Here you can fool everyone, except the Rojas sisters, and watch out for 'Shark,' he's always on the lookout for a butt to bite."
Thank you for reading